-«Son meteoritos, señor» -me dijo en su medio español- «Son hermanos de las estrellas del cielo»
Ni hablar. Le compré los tres que me parecieron más bellos. Cómo podía rehusarme con esos argumentos.
luis david
-«Son meteoritos, señor» -me dijo en su medio español- «Son hermanos de las estrellas del cielo»
Ni hablar. Le compré los tres que me parecieron más bellos. Cómo podía rehusarme con esos argumentos.
luis david
Después de las disculpas de rigor se hizo el firme propósito de escribir sus asuntos y agendarlos para evitar vergüenzas como la de esta ocasión, que además se iban volviendo cada vez más frecuentes.
Al día siguiente compró una libreta y un lápiz y se dispuso a escribir su primera nota: «Aquí voy a anotar mis cosas».
Nunca más se acordó de escribir.

Cuando yo tenía 10 años de edad, llegó a mi casa en Morelia una pareja de misioneros mormones para predicar su religión, y mi mamá, que en esa época andaba en busca de su salvación espiritual, los recibió en nuestro hogar y después de las pláticas de inducción de rigor nos convertimos a la buena nueva y terminamos bautizándonos en la iglesia mormona y asistiendo a los servicios religiosos.
Un domingo, después de la Escuela Dominical, los misioneros decidieron dividirse para realizar el trabajo que tenían programado para esa tarde y escogieron a sendos niños como compañeros. Yo salí acompañando al mayor de ellos y, después de pasar a comer en una fonda cercana, empezamos la labor.
La visita que tenía programada para esa tarde era en la casa de una familia muy numerosa donde los hijos estaban recibiendo la instrucción de los misioneros. Los chamacos se reunieron en el comedor de la casa y frente a mí se sentó la niña más bella del universo. Era una chiquilla de 9 años de edad, morenita, de pelo lacio y negro, con un fleco como de Príncipe Valiente y los ojos más grandes y expresivos que he visto en mi vida.
No pude despegar mi vista de esa aparición celestial y, a partir de ese momento, me sentí tocado por el Espíritu Santo y tuve visiones, confusión de lenguas y toda la cosa. Nos despedimos y ésa fue la única visita de la tarde.
Unas semanas después, un buen domingo, se aparecieron en tropel por la capilla para bautizarse y la niña estuvo llorando porque le daba miedo la ceremonia. Los mormones practican el bautismo por inmersión, lo cual significa que te meten en una especie de alberca llena de agua helada y te sumergen totalmente durante unos segundos hasta que acabas pidiendo perdón incluso por los pecados que ni piensas cometer.
Pues el angelito éste se negaba rotundamente a recibir al Señor en su corazón y yo me di a la tarea de convencerla y, luego de un buen rato de sesudos argumentos sobre la salvación de su alma, accedió a bautizarse bajo protesta. Nunca más volvieron a presentarse a los servicios. La familia en pleno pasaba por el trance de elegir entre volverse mormones o comunistas. Optaron por lo segundo y desaparecieron de mi vida.
Dos años después terminé mi escuela primaria. Yo, que era un excelente alumno, quería ingresar a la Secundaria Federal, pero mi mamá objetó que éramos muy pobres y no le alcanzaba para los uniformes y los libros que exigían allí, así que me apuntó en el glorioso Instituto Fray Alonso de la Veracruz, un colegio mediocre, católico y de paga (¿?)… “Si su hijo está sonso… métalo al Fray Alonso”, decían en Morelia.
Entré en un ambiente desconocido y un poco hostil. Allí me encontré con uno de los niños comunistas y formamos un grupito sui generis al juntarnos con un escuincle hiperactivo y con déficit de atención, seguramente expulsado de alguna correccional, y armamos la banda. Por las tardes hacíamos las tareas y jugábamos en casa de alguno de los tres, y cuando llegamos a la guarida del ateo me encontré de frente con su hermanita, ya dos años mayor y entrando en la adolescencia. Nunca me recordó ni supo que yo había sido el vehículo de su salvación. Para ese entonces yo era un puberto gordo, feo y desgarbado. El desastre químico fue inmediato: le caí muy mal y se las ingenió para que al poco tiempo me corrieran de su casa. Seguí siendo amigo de su hermano, pero dejé de visitar su cubil.
Mi amigo y yo elegimos diferentes rumbos en la preparatoria, nos separamos y nos perdimos la pista aunque estábamos en la misma escuela. Yo, para mi vergüenza, reprobé el primer año de la prepa y
uno de sus amigos también. Nos conocimos en el grupo especial de los burros e iniciamos una muy buena amistad. Él seguía viéndose con sus antiguos compañeros y a través de él me reencontré con mi cuate de la secundaria. Me uní a la nueva pandilla y un buen día fui a buscarlo a su nuevo domicilio y me abrió la puerta la niña ésta, convertida en toda una señorita de 14 años, más bella que nunca y, contra lo que yo esperaba, le dio gusto verme. También debo aclarar que yo había dejado de ser gordo, feo y desgarbado y estaba en pleno proceso de galanización.
Un día fuimos en bola a una fiesta y yo aproveché la ocasión para acercarme a la niña bonita y, con el pretexto de invitarla a bailar, le tomé la mano y no se la volví a soltar en toda la noche. Al poco tiempo me animé y, en otra fiesta, le pedí que fuera mi novia. Me aplazó la decisión por 24 horas y nunca en mi vida he vuelto a hallarme en ese estado de desamparo y abandono total pero, para mi mayor sorpresa, accedió.
Dos años después mi familia decidió mudarse a la ciudad de México y yo aproveché el movimiento para abandonar la religión. Con mi novia resolvimos continuar nuestra relación a distancia. Por carta y con visitas cada quince días mantuvimos el noviazgo durante cinco años más. Hace ya 26 años que estamos casados, tenemos tres hijos, dos nietas y estamos esperando uno más para las navidades. Hemos formado una familia muy bonita.
Cuando viví m
i vida en ese entonces, en tiempo presente y en el aquí y ahora, me parecía que era lineal y muy lógica. Revisándola en retrospectiva me doy cuenta de la enorme cantidad de casualidades significativas, inconexas y hasta inverosímiles que tuvieron que suceder para que nuestras vidas se sincronizaran de tal manera que hicieran prácticamente imposible la no-ocurrencia de las cosas tal y como se dieron.
Los misioneros mormones rara vez hacen citas para un domingo y, además, por obligación andan siempre juntos. Pero esa vez decidieron separarse, uno de ellos me escogió a mí como compañero y esta condición anómala me permitió entrar a la casa de la mujer de mi vida.
Que mi mamá decidiera volverse mormona es comprensible porque ese cambio de religiones era habitual en ella. Pero la mamá de mi esposa es la mujer más católica y piadosa del mundo. Una gran bondad, innata en ella, le impidió rechazar a los misioneros mormones y permitió que catequizaran a sus hijos en una religión contraria a la suya. Ella se mantuvo al margen pero dejó que las cosas llegaran hasta las últimas consecuencias y los muchachos se bautizaron con todas las de la ley. Gracias a ella pude conocer a la mujer de mi vida.
Que yo cayera en el hoyo negro del Fray Alonso era natural porque ya mi hermano estaba allí y la caridad de los padres Agustinos que lo mantenían, le permitía a mi mamá pagar poco y tarde. Pero mi amigo es un año mayor que yo y ya había iniciado la escuela secundaria en otro lado, de dónde lo sacaron por dedicarse alegremente al relajo y la vagancia. Su mamá se encontró de pronto con la alternativa única del Fray Alonso y allí lo refundió. Yo me acerqué a él porque fue la única cara conocida que encontré y, gracias a eso, volví a ver a la mujer de mi vida.
La relación con el amigo del grupo de los reprobados nunca se debió dar, porque él era hermano de un muchacho que tenía cuentas pendientes con mi familia, pero ninguno de los dos lo sabía y, de manera inocente, armamos una muy buena amistad. Gracias a él volví a encontrarme con la mujer de mi vida.
Cuando empezamos a salir a las fiestas en bola, éramos varios muchachos a los que nos gustaba la hermana de mi amigo, pero, sin explicación alguna, todos enmudecieron y se hicieron a un lado y yo, que nunca había declarado en público mis intenciones y venciendo una timidez apocalíptica, me acerqué a ella. Gracias a eso me pude relacionar con la mujer de mi vida.
Finalmente nos casamos, llevamos mucho tiempo juntos y cada día estoy más enamorado de ella, pero… ¿alguna vez tuve otra opción?.
luis david

Algunas veces me da por recordar pasajes de mi niñez. Mi familia estaba formada por una madre viuda con diez hijos y en aquel entonces vivíamos en la más absoluta de las pobrezas, llenos de carencias y sobreviviendo gracias al trabajo de mi mamá, de mis hermanos mayores y a la ayuda de almas piadosas que se condolían de nuestra situación.
De cualquier manera, la pobreza era una mera condición económica, porque siempre me he considerado un niño feliz. Siempre me veo contento y jugando con cuanto estaba a mi alcance. Recuerdo que mis hermanitas jugaban a las muñecas con botellas de refresco y, envolviéndolas con el sweater, las convertían, por la magia de la inocencia, en muñequitas de cristal, hasta el día en que la menor de ellas se cayó de la escalera con todo y mona y se abrió la frente. No pasó a mayores y sólo le quedó una cicatriz que de tanto en tanto le recuerda que fue una niña juguetona.
En una ocasión, mi mamá nos llevó a la feria de Morelia y me compró un pollito pintado de color de rosa. Y allí andaba yo, todo el día pastoreando a mi pollo en el patio de la casa hasta la tarde fatídica en que una enorme rata salió de la coladera y atrapó a mi pollito por las patas y lo arrastro hasta el fondo del drenaje. Yo me quedé pegando de gritos y petrificado por el horror. Esto lo sé porque me lo han contado muchas veces. El momento debe haber sido tan espantoso que lo he borrado de mi memoria. Recuerdo al pollito, pero eliminé el episodio de la rata. En las tardes de lluvia me gustaba ver los aguaceros en el patio porque al chocar las gotas de agua contra el piso formaban figuras extrañas que a mí me parecían ejércitos de patitos que llegaban en formación de combate para castigar a tan infame animal.
No fui al jardín de niños, sino que entré directo al primer año de primaria sin conocer ni la O por lo redondo. El primer día de clases, mi maestra, que suponía que todos los niños habían cursado la preescolar, nos puso a hacer una plana de bolitas y palitos y yo no supe ni qué era eso. En el recreo se me acercó mi hermana Isabel y rauda y veloz me hizo la plana en el cuaderno y así pude entregar el trabajo. Ése fue el primer diez de mi carrera. Pirata y todo, pero diez.
Al poco tiempo llegó a mi salón una bella muchacha normalista del colegio Plancarte de Morelia para hacer sus prácticas con mi grupo. Tengo muy buenos recuerdos de ella porque me adoptó como mascota. Le llamaba la atención que me presentara algunos días a la escuela sin zapatos. Cuando se despidió de todos nos dio paletas y dulces y a mí me llamó aparte y me regaló una caja con galletas, sopas, chocolate, leche condensada y otras ricuras. Yo pensé que debía estar loca por mí. A partir de allí siempre esperé que las practicantes me regalaran una caja de sorpresas, pero nunca más volvió a suceder.
Ese año fui el niño más destacado de la escuela. Representé a mi zona escolar en un certamen de aplicación y gané el segundo lugar estatal. Recuerdo que el día de la clausura de clases mi maestra me mandó a casa a que me cambiara de ropa porque me iban a dar un diploma durante el acto. Mi mamá estaba en casa de unas amigas cuando llegué a avisarles y se cooperaron entre todas y ese día estrené ropa, zapatos y toda la cosa.
Al año siguiente, mi tío Rogelio quiso ayudar a mi mamá y nos invitó a mi hermano Ramón y a mí a vivir con él en Cd. Juárez. Allá nos inscribió en la escuela y en el invierno conocí el prodigio de la nieve. Ese día despertamos con la novedad de que durante la noche había nevado y salimos asombrados a ver ese manto mágico que cubría la calle. En las mañanas, cuando no ha levantado el sol y la nieve está sin pisar no se siente el frío. Más tarde se vuelve insoportable. Pero, así y todo, hicimos un muñeco y armamos las batallas de rigor.
Regresamos a Morelia y al año siguiente nos mudamos de casa. Allí tengo uno de los recuerdos más entrañables de mi vida. En la navidad mi mamá y algunos de mis hermanos se fueron a la cena con mis tíos. Los cuatro menores nos quedamos en casa con mi hermana Chata, la mayor, y nos hizo como banquete navideño el caldo de pollo más exquisito que he comido. Ahora que lo pienso me resulta increíble que un caldo de pollo fuera el lujo más extraordinario que pudiéramos gozar en ese entonces. Invitamos a cenar a una amiguita que por lo visto tenía menos que nosotros y nos divertimos de lo lindo jugando y cenando. Jorge, el novio de mi hermana, llevó cuetes y palomas y los estuvimos tronando en la calle hasta la media noche. Esa es la primera celebración que recuerdo de una navidad. Posteriormente tuvimos otras más espléndidas y algunas en verdad suntuosas pero, ninguna como ésa.
Después crecí y mi vida tomó otros rumbos. Cambió la situación económica de mi familia y tuvimos acceso a muchas otras satisfacciones. Me he movido a otra ciudad y he formado mi propia familia. De vez en cuando todavía me regalo el lujo de un buen caldo de pollo y me siento transportado a esas épocas entrañables cuando disfrutaba tanto la belleza de lo simple.
luis david
Son conocidos en el bajo mundo por su peligrosa tendencia al uso de la tecnología para fines puramente lúdicos.
Si encuentras uno en tu camino, hazte a un lado, nalgas a la pared, y no lo pierdas de vista hasta que desaparezca.
Sobre advertencia no hay engaño.
luis david
… ¿y si todo fuera falso… un sueño inevitable en el que mi muerte es más real que el peso de este cuerpo suspendido en la oscuridad de tu mente… una idea inevitable sobre el sigificado de este olor en el viento, acre y espantoso por desconocido, que corroe mis tinieblas… un sentimiento inevitable de estar en alguna parte y no saber qué está sucediento más allá del ámbito cerrado de mi soledad… una historia inevitable implantada en mi mente por el aliento de tus besos, por la premura del amor desesperado de una noche lluviosa en un lugar desconocido, atado a tu cuerpo inevitable que me somete y me aterra con una sensación de calosfrío que recorre mi piel hasta la punta de mi alma desolada… una intensificación inevitable de las emociones que me atora en el tiempo y me impide avanzar en los pensamientos habituales de la conciencia… la repetición inevitable de una escena conocida que ya ha ocurrido cientos de veces en mi vida y que se recrea una y otra vez dándome la sensación de haber vivido mi muerte una y otra vez… de estar besando tu cuerpo etereo una y otra vez… metiéndome en tu sexo humedecido por la saliva de mi boca una y otra vez… probando el sabor ácido y caliente de tu amor enfebrecido una y otra vez?
… ¿y si nada de esto fuera cierto y mi vida es sólo un pensamiento en la mente de alguna entidad desconocida que se divierte inventando historias para que yo, personaje de sus cuentos, las viva con intensidad atormentada como pesadillas estremecedoras que agitan un corazón que no existe… en un tiempo que no existe… en un universo vacío?
… ¿y si todo es una mentira inventada por mi mente enferma que me somete a realidades distintas cada vez que despierto y me encuentro con un nombre diferente, una razón diferente para estar aquí con una personalidad desconocida de tan familiar y que me impulsa a vivir historias inevitables de amor y terror, de sexo alucinado entre las piernas de un fantasma?
… ¿y si todo es real… qué voy a hacer?
luis david
Rara vez recuerdo mis sueños, y en los pocos que recuerdo, rara vez he soñado a mi madre. En cambio pienso mucho en ella. Pero eso si, cuando la sueño siempre está sana, hermosa, jovial, y acaparando la atención de todos. En el espejo de mis recuerdos esa era mi mamá.
Esa era Amalia, Reina de los Ángeles y Emperatriz de los Querubines, que nació en Acámbaro, Guanajuato, le salió su primer diente hasta los tres años y creció en Morelia como una niña mimada, voluntariosa e hiperactiva que se peleaba a trompadas con los niños de la escuela y tenía la desfachatez de ganarles.
Esa era Amalia, Reina de las Fiestas Patrias y Emperatriz de la Belleza, que partía plaza por la Calle Real paseando altiva su juventud y sembrando desconsuelos entre los muchachos de San Nicolás que rondaban por su casa esperando verla salir o asomarse a la ventana para robarle, en un descuido, un segundo de su imagen volátil y atesorarla entre los libros insomnes y las noches en vela.
Esa era Amalia, Reina de los Árboles y Emperatriz de las Flores, que casó con Jesús, el norteño sembrador de viajes y quimeras, acaparador de los anhelos colectivos, que la llevó a los viveros de Chilchota para plantar las sombras de las carreteras de ese Michoacán exuberante donde escupes y nace pasto, y que un día cambió su rumbo hacia los desiertos desolados del norte donde la tierra es dura como piedra y hay que regarla con lágrimas para arrancarle una plantita de algodón. Una vida donde los desencuentros se fueron acumulando y los hijos llegaron para llenar los espacios que dejaban libres las batallas mientras la riqueza se les escapaba por entre los dedos y el camino se les cerró hasta un punto sin retorno.
Y ya me imagino la conmoción que se generó en Morelia cuando Amalia, Reina de los Menesterosos y Emperatriz de los Desheredados, regresó de Ciudad Juárez con diez hijos y diez pesos para mantenerlos, huyendo de un matrimonio desastroso que, por las razones que fuera, no funcionó y que llegaba con el pasado roto y un ángel en el vientre y que algunos de sus hijos terminaron en el Internado de Uruapan donde la bondad misionera del hermano Jorge los sacó adelante por un tiempo y los pequeños nos quedamos en la casa del Tío Ramón y mientras que Amalia, Reina del Palacio de Gobierno y Emperatriz de los Burócratas, salía a trabajar, jugábamos todo el día en los patios y pasillos de la vieja casona de cantera rosada de las calles de la Corregidora donde encontrábamos todo tipo de cachivaches y los convertíamos en juguetes.
En aquella época heroica éramos tan pobres que cambiábamos más de religión que de ropa, porque Amalia, Reina de los Cielos y Emperatriz de la Eternidad, era dueña de una espíritualidad sincrética y sui géneris que se columpiaba entre el fundamentalismo sin misericordia y la herejía de raíces profundas que le permitía casi cualquier cosa y que reborujaba su alma en aquel inmenso lago de contradicciones y claroscuros que la debatía en la encrucijada de un discurso liberal y una esencia conservadora y que, por esa capacidad extraordinaria para enredarse en las filosofías más intrincadas, terminó convencida de que era poseedora de la verdad absoluta, y es que Amalia, Reina del Soliloquio y Emperatriz del Monólogo, pasaba horas y horas conversando con Dios y consigo, y se decía y se contestaba y sacaba conclusiones que se manifestaban en frases excéntricas y llenas de vericuetos enmarañados y abismos insalvables porque Amalia, Reina de la Metáfora y Emperatriz de los Ilusionistas, era capaz de levantar las estructuras más atrevidas sin miedo al derrumbe. Recuerdo admirado cómo me contó la vez en Tijuana cuando un coche sin control se fue contra la vidriera de la tienda donde ella estaba parada y, al darse cuenta, sólo vio que se le “venía encima una catarata de puñales apuntando al corazón”; o cuando me platicó, muerta de la risa, la ocasión en que acompañó a mi tía Guille a Guadalajara a uno de los maratones de la quimioterapia y las regresaron a Morelia en una avioneta desvencijada y crujiente que al llegar se encontró en medio de una tormenta y no pudo descender y estuvieron a la vuelta y vuelta en aquel camión de redilas que se estremecía dando tumbos por los aires y que las tuvo con el aliento en un puño convocando a toda la Corte Celestial… y cuando al fin pudieron aterrizar se percataron de que estaban de nuevo en Guadalajara y las treparon en el autobús de retache. Y como ésa, todas. Y esa manera laberíntica de adornar sus pláticas las volvía interminables, pues en su propensión a envolver en celofán las mil pinceladas de sus historias, pasaba de un tema a otro sin solución de continuidad; por eso, platicar con ella era sentarse a escuchar sin remedio, porque acaparaba la tarde y se eternizaba en mil y mil pormenores a cuál más enrevesado.
Y todos sabíamos que en nuestras casas debía haber siempre un lugar preparado porque Amalia, Reina de los Gitanos y Emperatriz de los Vagabundos, llegaba sin avisar y se quedaba hasta que otra invasión la lanzaba de nuevo por esos caminos de Dios, y así fue hasta los años infaustos cuando Cronos le pasó la factura y Amalia, Reina de la Juventud y Emperatriz de la Fortaleza, no soportó la vejez y se derrumbó. Cuando ya no fue capaz de mantener su independencia, pintó su raya y se acostó a morir, pero su cuerpo, fuerte y hecho en mil batallas, se negó a acompañarla y la fue deteriorando poco a poco metiéndola en una agonía larga, lenta y sin sentido que arrasó con su dignidad y la de todos. Era difícil ayudarla porque quería una cura milagrosa que la levantara de la cama de un día para otro sin ejercicios, sin esfuerzo y sin la disciplina de los medicamentos. Decía que aún no había nacido el médico que la fuera a convertir en drogadicta. Cuando estuvo en mi casa, recuerdo con pena que no supe qué hacer y sólo se me ocurrió tratar de ayudarla dándole cariño y poniéndole reglas que físicamente no era capaz de obedecer y anímicamente no se le daba la gana hacerlo. La senilidad causó estragos en su cordura y perdió contacto con la realidad aunque costaba trabajo darse cuenta porque su memoria se mantenía intacta y su habilidad para la baraja no sufrió menoscabo. Sólo salía de su depresión al rememorar las épocas gloriosas de su juventud cuando la eligieron Reina de las Fiestas Patrias y dejó en el camino a las encopetadas de la elite de Morelia y mi abuela le hizo su vestido descotado, y con los hombros desnudos se presentó imponente a su gran noche triunfal, y fue entonces cuando se le clavó en el alma la idea de que debió llamarse Carlota Amalia, Emperatriz de México, y vivió toda su vida haciéndose querer y haciéndose servir por todos; y cuando los recuerdos ya no le alcanzaban volvía a sumirse en el marasmo de su debilidad y así fue hasta que murió.
Nunca he visitado su tumba. Y es que prefiero la imagen de la Amalia, Reina de los Ángeles y Emperatriz de los Querubines, que nació en Acámbaro, Guanajuato, le salió su primer diente hasta los tres años y creció en Morelia como una niña mimada, voluntariosa e hiperactiva que se peleaba a trompadas con los niños de la escuela y tenía la desfachatez de ganarles.
En el espejo de mis recuerdos esa es mi mamá… y la extraño mucho.
luis david