Tributo

Hay un juego de espejos que uno nunca sabe que lo está jugando. Simplemente sucede y cuando pasa ya está y punto.

En un momento del juego uno ya no sabe si lo que se refleja en el espejo es una alucinación o algo relacionado con el ilusionismo. Suele ser una metáfora que se desarrolla en los niveles profundos del inconsciente.

Lo grave de todo esto es cuando, con el paso del tiempo, el jugador se pierde en las imágenes repetidas y no puede reconocer al original. Es decir, quién vé a quién… cuál está dentro y cuál fuera del espejo.

Este complejo problema afecta el alma de los soñadores, los iconoclastas y los seres creativos que deambulan por la calle sin encontrar la puerta de salida hacia la realidad. Pero, y esta pregunta es importante. ¿quién quiere vivir la realidad?

La leyenda cuenta que el juego empezó en los tiempos remotos de la creación del mundo, allá en Teotihuacan, cuando los dioses se reunieron y decidieron probar opciones y echar a perder generaciones y generaciones de seres, hasta llegar a la masa primordial de donde habría de nacer la humanidad actual en el quinto sol, gracias a la intervención de Quetzlcóatl y su gemelo Xólotl.

A partir de allí se generó el juego de los espejos y cada uno de nosotros sabe que, en alguna parte del universo, debe haber una réplica exacta pero invertida de nosotros mismos. El chiste es encontrarla.

Algunos seres privilegiados tienen el don de nacer junto a su imagen y aquí es dónde la cosa se pone buena, porque todos sabemos que ya uno es mucho, pero dos… Eso requiere de un ángel guardian.

Solo en contadas ocasiones se logran conjuntar las matemáticas del universo para coincidir, en una misma selva, la imagen, la réplica y el ángel.

Esas son las pocas veces en que en el juego existe un ganador, o mejor, dos ganadores.

Mis amigos Gerardo y Agustín son de los privilegiados que alguna vez lograron ganar el juego de los espejos, aunque en la confusión olvidaron quién es cuál.

Yo en lo personal siempre he sospechado que uno de los dos es creatura del otro, o que, tal vez, ninguno de los dos existe y todo es parte de la mente calenturienta y creativa de alguna entidad que nos hace creer que lo de los gemelos preciosos es verdad.

En este maremagnum de ilusiones se llegan a dar encuentros o sincronicidades para conjuntar a otros locos sin redención que han de tener una misión en la vida porque, al menos, hacen mucho ruido.

Eso sucedió hace mucho tiempo con un Laboratorio de Teatro Experimental y Taller de Autoayuda llamado Mamá Z.

Si algún día escuchan un llamado desde las nubes, no hagan caso so pena de convertirse en estatuas de sal… es Mamá Z que canta desde lo alto del inconsciente colectivo. Pero no lo crean del todo… es sólo una ilusión producto del juego de los espejos.

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Memorial de Tizatlán

Que narra los aconteçimientos del juego de los espejos desde el iniçio de los tiempos y de las más cosas que de allí pasaron con estos indios y sus antiguallas.
Yo, don Juan, de mal nombre el Moro, original de Córdoba, cristiano converso y súbdito de su Magestad Don Carlos, testifico ante vosotros, hombres de Dios, reunidos en este santo tribunal lo que me fue contado por los sabios y nigromantes viejos desta Nueva España y juro deçir verdad postrado ante la imagen sagrada de Nuestro Señor Jesucristo, que fue cruçificado por mis pecados y para la salvaçión de mi alma que ofrendo al Altísimo, inclinada la çerviz y humillado ante vosotros.

En los tiempos de su gentilidad, estos indios adoraban a diablos y demonios y torçían la verdad única como está narrada en la Sagrada Escritura y contaban la creaçión del mundo con abominable acumulaçión de mentiras y deçires falsos y execrables. Y ansí me lo contaron Don Juan Teomitzin, natural de la Magdalena Tlaltelulco, pueblo veçino de la naçión Tlascalteca, y Don Melchor Coatepitzin, veçino de Guadalupe Tescalac en las faldas de la montaña Matlalcueyetl, la de la falda verde, hombres viejos y sabios y bien entendidos y caçiques de pueblos de indios destos lugares. Y contaron que en edades antiguas se juntaron los dioses dellos allá en pueblo llamado Teotihuacan y allí en la torre mayor deliberaron para haçer a los hombres y las mugeres que los habrían de adorar por todos los tiempos venideros y eternos. Y crearon generaçiones de gigantes y hombres y vieron que eran alborotadores y malos y los destruyeron con aguas y fuego y vientos espantables, y en el quinto intento escogieron a uno dellos que lo llaman Qetzalcoalt acompañado de su perrillo y gemelo llamado Xólotl, que es una animalillo destos lagos y que se lo comen para curar las dolencias del pecho. Y lo bajaron al Quetzalcóatl y su gemelo al infierno que le llaman Mictlan a rescatar los huesos antiguos. Y toparon Xólotl y su gemelo preçioso con una gran pared de piedra negra y brillante y bien polida que haçía espejo y reflexaba a los hombres y las cosas con gran espanto porque se podía ver la contra de la naturaleça y lo blanco era negro y lo bueno era malo y la luz era oscuridad. Y asustose Quetzalcóatl y enojado arrojó una gran piedra contra el espejo y lo rompió y salieron los demonios atrapados atrás y se distribuyeron en el mundo y crearon enfermedades y guerras y música y canto y muerte y desolación y pintura y todas las artes de la medicina y todas las artes de los envenenamientos. Y así fue que se aposentaron algunos destos diablos en el Cuicacalli, la casa del canto, y se tergiversó el alma de los músicos y començaron a haçer música ruidosa y poemas polutos llenos de lujuria que cantaban en los areitos de las cavernas de la noche y que burlando los sacramentos de Nuestra Santa Madre Iglesia, se robaron las mitras obispales y bendeçían al personal con señas obsçenas y adoptaron nombres estraños y se llamaron a sí mismos con el nombre de Nanantzi que es la voz que usan para referirse a las indias bonitas que menean el huipil ante los indios desta tierra y que es como si los hombres de castilla les dixeran, abriendo apenas la boca y apretando los dientes: Mamaçeeeta. Y se volvieron tlacuilos, pintores prodigiosos y poetas de flor y canto que tocaban la chirimía y el atabal hasta caer desmallados. Y que empeçaron a ocurrir hechos estraños e partir de esta época y la gente se topaba de pronto con su coátl, gemelo, en cualquier lugar y se confundían y se adentraban en sus casas y poseían a sus mugeres y se confundían las familias hasta ya no saber quién era cuál y así ha sido hasta nuestros días sin ventura en que las confusiones han prosperado. Y lo digo como me lo contaron porque desto yo nada sé…

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Ritual (Obra en un Acto)

Silencio Total.

El escenario vacío, iluminado por una luz blanca, cenital, que evita las sombras incómodas. En el centro, sobre una pequeña tabla de madera oscura, descansa un elegante lienzo de seda negra doblado en ocho vueltas. Sin más escenografía, las paredes desnudas, blancas y opacas, crean un ambiente de austeridad desoladora.

El público colma la sala en completo silencio. Sólo el susurro de la respiración repetida mil veces es capaz de perturbar la tensión reverente del teatro. Se escucha el tañido sordo de una campana, grave y rítmico, que acompasa lentamente la entrada del actor que se desliza descalzo desde la izquierda hacia el centro del escenario con la mirada fija al frente en un punto indefinido.

Sin expresión en el rostro, su cuerpo atlético y delgado, cubierto apenas por una pequeña bata blanca, imprime severidad al acto.Camina con lentitud hasta el centro del escenario con movimientos parsimoniosos y firmes y se detiene detrás del lienzo de seda. Cesan las campanadas.

Se arrodilla y se inclina ligeramente hacia el frente apoyando las manos sobre las piernas y se queda estático durante unos minutos. Su respiración profunda y acompasada lo sumerge en un estado inescrutable de abstracción abismal. Sus ojos inmóviles apenas parpadean. Su rostro severo, aperlado por un sudor ligero, se mantiene asentado en la nada. Se inclina hacia el lienzo de seda negra y lo toma con ambas manos. El público inicia un murmullo gutural, persistente y monótono que se mantendrá estacionario creando un ambiente tenso de opresión casi religiosa.

El actor, siguiendo un ritual milenario, desenvuelve el lienzo de seda negra deshaciendo sus vueltas al pasarlo de una mano a la otra con elegancia. En la última vuelta deja al descubierto la fina hoja de acero brillante de una daga con mango de madera laqueada en color negro. Deposita el lienzo abierto con la daga sobre la pequeña tabla de madera oscura y se inclina en una reverencia profunda. Se yergue y desanuda la pequeña bata que lo cubre quedando casi desnudo con apenas un pequeño taparrabos cubriendo sus genitales. Se inclina de nuevo sobre la daga hasta tocarla con la frente. Al enderezarse la toma por la empuñadura con ambas manos y coloca la punta fina y afilada sobre su ombligo. Se mantiene inmóvil y en tensión durante unos segundos. El murmullo persistente del público mantiene un clima de intensidad extática. Las luces del escenario se apagan quedando encendido solo un reflector cenital que cae directamente sobre el actor inmóvil cubriéndolo con un reflejo mortecino que acentúa la rigidez de su rostro. La escena apenas iluminada remarca un ambiente de misticismo ancestral.

El actor se inclina ligeramente y hunde de manera violenta la daga en su ombligo. El público detiene el murmullo y se mantiene en silencio respetuoso. El actor mueve repetidas veces la daga, hundida hasta la empuñadura, en su interior con movimientos violentos y sin proferir sonido alguno hasta que se derrumba en una agonía lenta y dolorosa con el rostro desencajado en un rictus mortal.

Queda inerte. La sangre se escurre entre las duelas del escenario. Sus ojos vidriosos permanecen fijos en un punto eterno. La escena se mantiene unos minutos más antes de apagarse la única luz que la ilumina. Una campanada solitaria queda resonando en la sala.

El público abandona el teatro a oscuras, en completo silencio.

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Viñeta: Gerardo Ma. Aguilar Tagle
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Cuelga tú primero

“¡Eres un idiota!” –me gritó furiosa la Luz de mis vergüenzas al día siguiente por teléfono- “Allí estoy yo de tu pendeja, tratando de revivir muertos y bailando el cuchi-cuchi para que el señorito se acueste a dormir en el día más importante de la historia moderna. ¿Qué no te diste cuenta de la trascendencia de nuestra celebración? ¡Logramos reunir un millón doscientos mil desalmados marchando en silencio a favor de Andrés Manuel!… ¡En silencio!… Tú no sabes lo difícil que es mantener juntos a una runfla de izquierdosos irredentos sin que empiecen a gritar consignas y a morderse unos a otros… ¡Y lo conseguimos!… ¿Sabes lo que nos costó? ¿Sabes lo que nos tardamos?… La «Soul Suckers Incorporated” es una empresa seria, certificada en ISO 9000 y con reconocimientos en todo el inframundo, oyes. ¡Fue un triunfo!… ¿Me escuchas?… ¡Un éxito!… Y yo merecía celebrar eso con un hombre de verdad… y nada… que me pasé de babosa y de entre decenas de miles de desalmados que marcharon formaditos y en perfecto orden, yo tuve que escoger al único idiota que se la pasa riendo y se queda dormido en el acto… Ya me lo decía mi mamá: “Hija mía, el hombre blanco y barbado no es Dios… te ofrece muchos regalos y al final son puros palos”… Pero tú ni eso… ¿Bueno?… ¿Todavía estás allí?… ¡No me vayas a colgar porque no te la acabas!… Sí, ya sé que te duele la cabeza, pero yo tengo una reputación que cuidar, tarado. ¿Qué no sabes?… ¡Qué van a decir mis colegas!… Y con lo intrigosas que son la Luna y sus cuatas… ¡No me la voy a acabar!… Se van a burlar de mí como se burló el imbecil del hotel cuando salí sola a media noche y se me quedó viendo con su estúpida sonrisa de “yasetesebóchiquitita”… ¡Qué humillación, Dios mío, que humillación!… Eso me pasa por pendeja… pero te lo juro chiquitito que esto se te acaba… ¿Y todavía te atreves a decirme que no te grite?… ¿Que te duele la cabeza?… ¡Por mí arráncatela! Yo no estoy para estos trotes… ¡Y me vale madre que hayas pasado una noche de perros soñando pesadillas! Porque… ay, no me digas… ¿eso soñaste?… ¿de veras?… No, pues si que estuvo feo… de haber sabido… ay, pobrecito… creo que exageré la dosis contigo… pero ya no llore… sea machito… aquí está la Luz de su mal dormir que lo va a consolar… si quieres paso por ti y nos vamos a comer pancita… allá por la Buenos Aires se pone una amiga mía que vende un menudo picosísimo y cuasi esotérico que lo cura todo… Sin miedo, nene… que vas conmigo… OK, nos vemos al ratito, ¿sale?… Nooo, cuelga tú primero… Bueno, chao, y a las tres colgamos… uno… dos… clic.

luis david

Sombras

…y al llegar la noche se transformaba y viajaba por los aires hasta la isleta del lago para perderse entre la vegetación acechando a los amantes furtivos que se acariciban febriles en las riveras, y se deslizaba volando bajo, imperceptible, en silencio mortal hasta situarse tras ellos, y se colgaba de la rama de un ahuehuete centenario, bocabajo, alimentándose de gemidos y jadeos, de caricias bajo la ropa, de besos clandestinos… hasta sentir que su cuerpo se humedecía y el ambiente se llenaba del aroma amargo del almizcle milenario. Sus ojos amarillos destellaban en la oscuridad como luciérnagas volubles, llenas de fuego y deseo… llenas amor y de miedo…

luis david

Inevitable

… ¿y si todo fuera falso… un sueño inevitable en el que mi muerte es más real que el peso de este cuerpo suspendido en la oscuridad de tu mente… una idea inevitable sobre el sigificado de este olor en el viento, acre y espantoso por desconocido, que corroe mis tinieblas… un sentimiento inevitable de estar en alguna parte y no saber qué está sucediento más allá del ámbito cerrado de mi soledad… una historia inevitable implantada en mi mente por el aliento de tus besos, por la premura del amor desesperado de una noche lluviosa en un lugar desconocido, atado a tu cuerpo inevitable que me somete y me aterra con una sensación de calosfrío que recorre mi piel hasta la punta de mi alma desolada… una intensificación inevitable de las emociones que me atora en el tiempo y me impide avanzar en los pensamientos habituales de la conciencia… la repetición inevitable de una escena conocida que ya ha ocurrido cientos de veces en mi vida y que se recrea una y otra vez dándome la sensación de haber vivido mi muerte una y otra vez… de estar besando tu cuerpo etereo una y otra vez… metiéndome en tu sexo humedecido por la saliva de mi boca una y otra vez… probando el sabor ácido y caliente de tu amor enfebrecido una y otra vez?…

¿y si nada de esto fuera cierto y mi vida es sólo un pensamiento en la mente dealguna entidad desconocida que se divierte inventando historias para que yo, personaje de sus cuentos, las viva con intensidad atormentada como pesadillas estremecedoras que agitan un corazón que no existe… en un tiempo que no existe… en un universo vacío?…

¿y si todo es una mentira inventada por mi mente enferma que me somete a realidades distintas cada vez que despierto y me encuentro con un nombre diferente, una razón diferente para estar aquí con una personalidad desconocida de tan familiar y que me impulsa a vivir historias inevitables de amor y terror, de sexo alucinado entre las piernas de un fantasma?…

¿y si todo es real… qué voy a hacer?

luis david

 

La Fortuna del Águila

Es una visita constante. Se deja venir desde la sierra del Tigre y allí, en La Fortuna, se dedica a dar vueltas sobre las huertas y los cañaverales en un ir y venir suave, sin prisas, casi melódico.

La figura majestuosa del volcán preside el paisaje y se refleja imperturbable en la superficie cristalina de la laguna de Zapotlán. Allá, a lo lejos, un rayo de sol se filtra por entre las nubes iluminando una figura caprichosa perdida entre las montañas. “Es la Media Luna” –me informa don Alfonso, el mismo que una vez tuvo que apagar allí un incendio que casi le cuesta la vida. “Desde Zapotlán el Grande se puede ver mejor la forma porque de aquí es tan sólo un cerrito más” –me dice apenado.

aguila-1Cuando recorremos el caminito de la Herradura, aparece de tanto en tanto sobre nuestras cabezas, siempre apacible, siempre vigilante. Aprovecha con maestría las corrientes ascendentes y, en una reserva magistral de energía, se mantiene en vuelo sin apenas aletear. Desciende en busca de algo y vuelve a subir o se aleja para aparecer de nuevo momentos después. “Son aguilillas” -me dijo una vez don Alfonso. “Estos son sus dominios, siempre han estado aquí”

La Fortuna está en la cola de la sierra del Tigre y eso, dicen los lugareños, le confiere condiciones climáticas especiales. Las aguacateras comparten el paisaje con los cañaverales y no es raro ver por allí algunos papayos llenos de fruta junto a los árboles de guayaba cuajados de aromas mágicos. El paisaje pródigo e imponente invita al recogimiento, a la contemplación y al silencio.

En las tardes, la laguna se transforma en un espejo que lanza contra mis ojos semicerrados toda la luminosidad hiriente del atardecer y, una vez pasado ese momento, se convierte en un espectáculo de sombras y colores caprichosos hasta que la penumbra gana la partida y la laguna se duerme envuelta en un manto negro arrullada por el canto de los grillos

Por las noches la profunda oscuridad es apenas rota por los reflejos lejanos de las luces de Zapotlán. El brillo impresionante de las constelaciones milenarias atestigua indiferente e inmutable nuestra presencia efímera y asombrada.

Cuando amanece, una gruesa placa nebulosa se asienta inamovible sobre la laguna hasta que los primeros rayos del sol la dispersan difuminando la campiña y haciendo que por unos momentos se desaparezca todo alrededor al quedar envuelto en un rocío volátil que navega envolviéndonos en su nubosidad acariciante y fresca. Cuando se despeja el panorama, los patos y las garzas regresan a poblar la superficie transparente del agua y el día se va inundando de sonidos familiares.

Y entonces vuelve a aparecer el águila. Su vuelo señorial y alerta nos acompaña durante la caminata por la Herradura recordándonos que estamos aquí sólo bajo la autorización especial que nos ha concedido para el día de hoy.

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luis david

El Mar

Anoche estuve platicando con el mar. Me senté en la playa y dejé que mojara mi ropa con su vaivén eterno. Me hablaba de olas y espumas, de iras y calmas, de galeones hundidos y buques fantasmas, de insignificantes embarcaciones de troncos y bejucos perdidas entre los collados acuosos de las marejadas.

Me narró cuentos de exploradores heroicos y piratas violentos, historias de aventuras fantásticas de dolor, de sangre y de muerte. Me invitó a una travesía por los confines inexplorados de los océanos ignotos de acantilados extraños y playas ilusorias donde ningún ser humano ha posado la vista y me negué presuroso, muerto de miedo.

Soy hombre de tierra firme. Tengo mis propios fantasmas pero, son espectros conocidos, familiares casi. He convivido con ellos toda la ruta, pueblan mis espacios vacíos y mis vasos llenos. Me ayudan a escribir poemas de pesadumbre y llenan de nostalgias apócrifas mis pesadillas. Despierto sudoroso con la certidumbre de su presencia impalpable y desayuno en las mañanas acompañado por su existencia etérea.

luis david

 

El Viejo

Les juro que sólo entré a su huerta para robarle la fruta. Al fin que el viejo ni la cosechaba ni la comía. Pero eso sí, que nadie la tocara. Sus árboles estaban siempre llenos de frutos maduros que envejecían en las ramas. El suelo estaba tapizado de restos secos y podridos que se quedaban allí hasta reintegrarse a la tierra para desaparecer sin que alguien se ocupara de ellos. Nos sentíamos amenazados con que la vez que nos viera entrando a su huerta nos iba a pasar algo muy malo. El miedo que nos provocaba se volvió una razón más para tentar a la suerte.

Esa tarde saltamos la barda en completo silencio y con el corazón en la mano. La respiración se nos dificultaba por el miedo y la emoción. Nos acercamos a los árboles y comenzamos a trepar para cortar la fruta con prisa sin descuidar la única salida de la casa por donde podría llegar el viejo. Yo, en un dejo de bravura insensata, me adentré en la parte más lejana de la huerta y, fatalmente, más cercana a la posible salida del viejo y me subí al árbol más alto y con la fruta más apetitosa. De pronto apareció. Se arrastraba hacia nosotros y murmuraba algo que no alcanzábamos a escuchar. El espanto se apoderó de todos los demás, que bajaron y corrieron despavoridos y en completo desorden cada cual por su lado. Presa del pánico intenté descender pero el miedo me hizo resbalar y no alcancé a asirme bien de una rama que termino rota precipitándome hasta el suelo. La caída me sofocó y, sin aire y sin fuerzas para levantarme, quedé tendido a merced del viejo que se arrastraba hacia mí mascullando palabrejas impenetrables. Quise alejarme pero me cogió del pantalón y el pánico me inmovilizó. El viejo se acercó murmurando cosas ininteligibles y quedé paralizado viendo como se acercaba. Su rostro lucía desencajado. El pelo blanco, rizado y en completo desorden lo hacía resplandecer con un aspecto más fiero que nunca. Me encontraba a merced de un loco y no podía escapar. Se quedó tirado junto a mí y alcancé a escuchar que decía:

“… por fin… llegaste… te esperé… tanto tiempo… sabía que vendrías… y te esperaba…”

“… no me mate… –alcancé a musitar sin fuerza”

“… ya era… demasiado tiempo… necesitaba tenerte así…”

“… solo es una fruta… si quiere se la dejo aquí… al fin que ni me gustan… no me vaya a hacer algo…”

“… algún día tenía que ser… yo sabía que sí…”

“…”

Éramos niños entonces. Correr por las calles polvorientas del pueblo era nuestro juego. Las viejas casonas con sus huertas enormes estimulaban nuestro apetito de aventuras. Con el corazón agitado brincábamos las bardas en silencioso tropel y robábamos la fruta madura y jugosa de los árboles. Era un deleite correr entre asustados y orgullosos hacia el río y tumbarnos bajo la sombra de los encinos para disfrutar el producto de nuestras travesuras. Eran otros tiempos.

Nunca supimos de dónde llegó el viejo. Apareció de repente hace muchos años para tomar posesión de la casona enclavada en medio de las huertas que había ganado como deuda de juego. Venía acompañado de una mujer de edad indefinida que le servía en la casa y que fue durante tantos años su único contacto con el mundo. Jamás cruzó palabra con la gente del pueblo y nunca recibió visitas. No participaba en las fiestas ni en las tradiciones. Salía muy poco y siempre a solas para hacer largos paseos a caballo por los cerros vecinos. No se sabía cuándo se iba ni cuándo regresaba.

No nos gustaba y comenzó a cobrar mala fama. Si algo malo pasaba en el pueblo debía ser por su influencia maligna. Si las cosechas se secaban era por el viejo. Si no llegaba la lluvia era su culpa. Si caía la helada era por su presencia infernal. Si las muchachas salían embarazadas, seguro era por su influencia diabólica. Si alguna huía con el novio, él tendría algo que ver. Era capaz de causar el mal con sólo caminar por el pueblo. Podía hacer que las mujeres concibieran con solo mirarlas. Todos los hijos naturales debían ser suyos. Era canijo el viejo.

Y ahora yo estaba allí, tirado en la huerta de la antigua casona junto al viejo maldito que decía cosas incomprensibles. Una espuma blanca y babosa resbalaba entre sus labios. Sus dientes amarillos despedían un hedor insoportable. Yo le miraba aterrado y sin poder moverme:

“… eras todo… lo que yo anhelaba… siempre te amé… te deseaba tanto… y te llamé todas mis noches… amada mía…”

“…”

“… sabía que algún día… tendrías que llegar… te esperaba… muerte mía… mi amada… mi amante eterna…”

“…”

“… llévame ya contigo… estoy preparado… desde hace mucho tiempo… amor mío… llévame…”

“…”

El viejo buscaba un testigo para su encuentro con la muerte y yo estaba allí, elegido por el azar. Quedó tirado junto a mí. Sus ojos desorbitados congelaron mi alma. Un sonido sordo salió de sus entrañas y quedó inmóvil. Mi corazón latía con fuerza y el aire entraba con dificultad en mi cuerpo. Sentí que mis ojos se salían de sus cuencas y caían botando como canicas para quedar tirados a mi lado. No supe más. Me encontraron revolcándome en la huerta, convulsionando y gritando incoherencias. Me retorcía tanto que me tuvieron que amarrar para sacarme de allí. Estuve más de quince días delirando en medio de una fiebre feroz y sin recuperar el conocimiento.

Al viejo lo arrastraron con un caballo por las calles del pueblo entre la gritería y los insultos de todos y lo fueron a tirar a una barranca lejana. Nadie lo reclamó, ni la mujeruca que lo asistía, ni sus viudas fortuitas, ni aún sus múltiples hijos oculares. No lo quisieron enterrar en las cercanías del lugar porque la tierra podría secarse y volverse dura como piedra y nunca más volvería a producir una sola matita de hierba.

Nadie ha vuelto a hablar de él. Es un recuerdo prohibido que todos quieren olvidar. Es una pesadilla que quedó atrás. Sólo yo guardo algo de esa época y es que nunca más he vuelto a comer una sola fruta.

luis david

 

Félix

Félix murió en la noche de la Candelaria luego de tres semanas de dolorosa agonía después de que Jorge agotó su costal de recursos remediales y los cuidados franciscanos de Laura resultaron inútiles para contener el avance inclemente de aquel dolor sin remedio que acabó cerrándole la vida cuando ya no se podía respirar en el ambiente de pudridero que invadía todos los rincones de la vieja casona de cantera rosada que su abuelo había comprado en la antigua Calle Real desde los tiempos remotos del cura Hidalgo y que pasara de generación en generación para albergar ahora en la capilla improvisada al viejo patriarca restregado con lejía y amortajado sin verter una sola lágrima por la hija que le prodigó ya muerto los cuidados que le negó en vida a causa del rencor acumulado a lo largo de años y años de guerras apocalípticas por la oposición denodada del padre a su relación con el estudiante de medicina que la pretendía y con el cuál se fugó una noche de jueves en la que todos dormían aturdidos por el estruendo de la fiesta de pirotecnia con la que festejaron los cuarenta años de la hermosa María que ahora lloraba en silencio y rezaba sin consuelo ante el cuerpo rígido de su esposo envuelto en la mortaja de lino crudo que ella misma adornara con un bordado de primores cuando previó la inminencia del final y que descansaba tendido sobre una mesa iluminada por la luz macilenta de cuatro cirios y rodeada por siete ramos de flores sofocantes que mezclaban sin misericordia su perfume abrumador con el tufo agrio de un plato de cebollas y vinagre que una mano piadosa había colocado bajo la mesa para limpiar el cáncer del aire y que con el olor a muerto reciente terminaron por confirmar aquel clima de marasmo aplastante que le cerró el entendimiento de por vida y que le habría de acompañar el resto de sus días junto con el frasquito para las pastillas de clorato de potasio que Félix le compraba como panacea para todos los males habidos y por haber e inventados en las noches de insomnio angustioso cuando esperaba el regreso del hombre comisionado por el gobierno para recorrer la sierra con la encomienda de recaudar los impuestos que los pobladores sumidos en una miseria bíblica pagaban ante la amenaza de las armas de aquellos espectros a caballo que llegaban de tanto en tanto y en grupos numerosos comandados por el demonio de cuerpo impresionante y voz de trueno que a punta de pistola reclamaba tributos y arrebataba posesiones bajo los argumentes irrebatibles del terror y que regresaba a la capital semanas después con las mulas derrengadas por los fardos de la ignominia que entregaba puntualmente en la casa del gobernador y por los cuales recibía un tanto en pago para ir satisfecho a reencontrarse con la María de sus amores que conoció desde niño y que fue su compañera de juegos en las arenas del potrero y con la que se bañara tantas veces en un remanso del río de aguas heladas hasta la tarde prodigiosa cuando se descubrieron aterrados mirándose atónitos por la conmociòn de sus cuerpos intactos que cubrieron confundidos con la certeza de haber sido tocados en el alma por un rayo de luz que les penetró el corazón impaciente que amenazaba con brotarles del pecho y que los impulsaba a correr anhelantes cada cual por su lado a sudar la fiebre recurrente de la desnudez del otro y que rehuyendo los lugares comunes intentaron escapar con inútil afán del destino sin retorno que los ataba en aquel amor cocinado a fuego lento que asolaría sus vidas de allí en adelante sumiéndolos en el revolcadero de la pasión que los habría de consumir en una sopa de sobresaltos hasta los días aciagos de su vejez

luis david