Cuando queremos estudiar cualquier sociedad, es importante recurrir a todas las herramientas teóricas a nuestra disposición para poder abarcar aquellos aspectos significativos que la conforman y que la distinguen de las otras (en el entendido de que todos esos elementos son una parte importante de un rompecabezas, ya que ninguna sociedad es un bloque monolítico.) Estas herramientas pueden ser: la historia, la antropología, la sociología, la filosofía, la espiritualidad y la economía, entre otras; de lo contrario podemos atorarnos en un solo punto de vista (social, cultural, económico o espiritual, por ejemplo.)
Por ejemplo, si hacemos un estudio del imperio azteca, es probable que, de inicio, nos quedemos maravillados con la belleza de la gran Tenochtitlan, que recurramos al lugar común de compararla con Venecia, que nos asombremos de sus adelantos técnicos, su cultura y la sabiduría de sus sabios. Pero, si nos quedamos en este nivel, la conquista y sus consecuencias nos parecerán una injusticia bárbara y un error histórico, y no el resultado natural de su cosmovisión y de su retraso cultural y tecnológico.
Si no situamos a la civilización azteca en el contexto histórico mundial de su época, pasaremos por alto que, en el momento de la conquista, los pueblos mesoamericanos se encontraban en el estadio final del salvajismo, saliendo apenas de la edad de piedra (sus utensilios de trabajo, de arte y de guerra eran de piedra), no conocían la rueda y no habían llegado aún a la edad de bronce. ¿Qué podían hacer contra la superioridad incontenible de los españoles del renacimiento? ¿Qué podía hacer Moctezuma, sátrapa cruel y místico supersticioso, frente al astuto y ambicioso bachiller de la Universidad de Salamanca y probable estudioso de Maquiavelo? Además, ¿qué posibilidades tenía un mortal ante a un dios?
Pero, de nueva cuenta, si nos quedamos aquí, tampoco entenderemos la complejidad de la conquista. Y es que, ochocientos españoles no eran suficientes para someter a este gran imperio por muy europeos y renacentistas que fueran (dice Luis González de Alba que nos debería dar vergüenza andar diciendo eso.) Sólo cuando estudiamos su mitología, su filosofía y las exigencias sanguinarias de su religión, entendemos por qué todos los pueblos sojuzgados odiaban a los aztecas y se unieron al conquistador… y por qué pasó lo que pasó. Esto de ninguna manera le resta grandeza a las antiguas culturas americanas (no vaya a iniciar sin querer otra discusión metafísica como la que se armó por Apocalypto), pero, situarlas en su contexto histórico, nos permite comprender a carta cabal su ocaso.
Y esto viene al caso porque, una vez establecida la colonia, algunos pueblos obtuvieron privilegios y los demás fueron esclavizados. Se trajeron, además, esclavos del África y se armó un mestizaje desbordado de todos contra todos que trajo como consecuencia un merequetengue de castas complicadísimo –porque, para entonces, los señores españoles habían tenido a bien dividir a la Nueva España en castas con todo y sus secuelas: un sistema con una organización jerárquica sumamente estratificada y con los españoles peninsulares a la cabeza. Todas las demás castas, de los criollos para abajo, tenían un lugar en la sociedad y un límite a su ascenso social que generaba un descontento que se manifestaba de mil maneras.
Las castas durante la colonia muestran una división social basada en principios de pureza racial y se generan a partir del intenso mestizaje practicado al grito de: “¡La carne es débil y sálvese el que pueda!”
Estas castas definían el estrato social, el oficio, la ubicación territorial y el vestido, entre muchas otras cosas. Como dato curioso, haz de saber que a la llegada de los españoles los indios vestían un taparrabo y, cuando hacía frío, se cubrían los hombros y la espalda con una tilma. Las indias usaban un huipil simple, a veces bordado o, la mayor de las veces, un enredo a manera de falda y las chichis al aire. Los trajes regionales típicos de los pueblos indígenas, que tanto nos gustan y que tanta tristeza nos produce cuando abandonan la tradición y se visten de paisano como el resto de los mexicanos, son su antiguo uniforme de casta, ya que cuando los españoles se dieron cuenta de que habían conquistado a una bola de indios encuerados y que no podían distinguir a uno del otro porque eran igualitos (como los chinos), se dieron a la tarea de imponerles un traje distintivo que les permitiera reconocer su origen, raza, lengua, casta y oficio. Sólo a los indios cooperadores, como la nobleza tlaxcalteca, se les permitió vestir a la usanza española.
Los oficios fueron asignados a los pueblos siguiendo, en algunos casos, la antigua tradición. En la mayoría de las ocasiones, los oficios se les impusieron de acuerdo a las exigencias del mercado. Por ejemplo, para surtir las necesidades de las ciudades de Michoacán, a cada pueblo se le impuso un oficio: alfarero, carpintero, cantero, tejedor, herrero, etc. Los oficios son hereditarios.
Los mandos políticos y económicos (la alta burocracia, las minas, las fábricas y las haciendas, productoras de prestigio social y riqueza en mayor escala), quedaron en manos de los españoles, y esta insultante superioridad social de los peninsulares, generó el descontento que motivó la rebelión. Y aquí surge una pregunta muy interesante: ¿Por qué se manifiesta este descontento? Entre otras cosas, porque no hay una religión que lo impida al justificar espiritualmente la desigualdad, el avasallamiento y la segregación (y que genere conformismo e inmovilidad social.) Si bien, la alta jerarquía eclesiástica (españoles peninsulares) defendía sus intereses de clase y pugnaba por mantener el status quo, el bajo clero (de criollos para abajo) apoyaba y abanderaba la protesta; es decir, la filosofía religiosa en sí, no justificaba espiritualmente la iniquidad de las castas.
¿Y cuánto tiempo les llevó a las castas romper el sistema? Trescientos años exactos. Desde los inicios de la rebelión se utilizó su abolición como bandera de lucha y, en cuanto se afianzó la independencia, se prohibieron definitivamente (aunque eso no se tradujo en igualdad social.)
En poco tiempo, un chinaco, Vicente Guerrero (miembro de la casta de los chinos –tres cuartas partes africano y una cuarta parte indio), era presidente de la nueva república. (Por cierto, en México se les sigue llamando chinos a las personas de pelo crespo o rizado. Qué país)
Tan sólo treinta años después, una nueva generación de mexicanos, los liberales, que abarcaba todas las antiguas castas, generaba algunos de los cambios sociales más importantes de la historia de México y decretaba la separación de la iglesia y el estado que, entre otras cosas, desaparecía los privilegios y fueros de la Iglesia Católica (fundamento de la religiosidad mexicana.) Un indio zapoteca, Benito Juárez, era presidente constitucional, luchaba contra la invasión francesa, derrotaba al Imperio de Maximiliano y restauraba la república. Así, Benito Juárez, miembro de una de las antiguas castas bajas y despreciadas, es el símbolo más importante de la mexicanidad.
¿Cuál es la diferencia entre las castas de la India y México? ¿Cuál es la diferencia entre la situación de los miserables de ambos países? Pueden ser muchas, pero una de las más importantes es que allá es una cuestión espiritual. En México, como en cualquier otro lugar del mundo, un sistema social se mantiene mientras los afectados por el mismo lo permitan. Allá es impensable la rebelión contra un sistema injusto porque, a fin de cuentas, las castas son el equilibrio del cosmos y, al desobedecer el Darma, se afecta el Karma y se pone en riesgo una buena reencarnación. Y nadie quiere eso: es su única esperanza ante el sufrimiento y la adversidad de este mundo… es su camino hacia perfección del alma: la Moksha –la liberación última del ciclo de las reencarnaciones para descansar definitivamente y regresar al principio fundamental: hacerse uno con Brahmán, origen de todas las cosas. Es su sustento espiritual y no lo van a poner en riesgo porque, a fin de cuentas, ¿qué es una vida en la inmensidad del cosmos? …tan sólo un instante de la eternidad.
Como bien sabemos, las religiones se originaron cuando el hombre evolucionó lo suficiente como para desarrollar un cerebro capaz de hacer abstracciones de su realidad. Es decir que, del Homo Sapiens en adelante, el hombre ya no sólo vive la naturaleza, sino que intenta explicársela.
Por eso, las religiones antiguas son animistas y le conceden poderes sobrenaturales a las montañas, los ríos, los animales y a todo lo que los rodea. De allí que todos los dioses antiguos, incluidos los dioses de los cantos védicos, representan y gobiernan a la naturaleza, las fuerzas naturales y a los astros del cielo.
La adoración es simple y tiene un alcance familiar o de clan que, al adquirir poco a poco un sentido mágico más complejo, va generando rituales, cantos y fórmulas especializadas que son administradas por los ancianos y sabios de la tribu y que, con el tiempo, quedan en manos de los brujos, magos, druidas y sacerdotes, lo que ya indica el nacimiento de creencias más estructuradas.
La antigua religión de las tribus arias que invadieron por oleadas el Punjab, era primitiva, animista y tenía un sentido un tanto chamánico. No había nacido aún el concepto de la iluminación y su contacto con los dioses se hacía ingiriendo una bebida sagrada que producía efectos alucinógenos: el Soma.
El sánscrito era una lengua simple y un tanto ruda, propia de un pueblo nómada y guerrero, que se fue perfeccionando con el tiempo. Los Vedas pertenecían a la tradición oral y fueron escritos ya en la India quinientos años después. Para cuando se escriben los Upanishads, el sánscrito ha quedado en manos de los sacerdotes y, como todo lo que tocan los sacerdotes védicos, se ha convertido en una lengua sumamente complicada, rigurosa y simbólica que requiere de un conocimiento profundo hasta para la articulación estricta de cada sonido porque cualquier pronunciación defectuosa desequilibra el cosmos. El pueblo llano habla las antiguas lenguas indias o un dialecto derivado del sánscrito primitivo: el prácrito.
La filosofía hace su aparición cuando la mente humana busca encontrarle una explicación y un sentido a la realidad y a su propia existencia. Desde su nacimiento, la filosofía se divide entre los que buscan conocer la realidad interrogando a la naturaleza misma, y los que la buscan interrogando a los dioses. La filosofía idealista pues, encuentra las respuestas a sus interrogantes en la acción de los dioses o en principios sobrenaturales. Cuando las religiones le dan una explicación filosófica a sus creencias y rituales específicos, generan una teología (que sólo es válida para los practicantes de esa religión.)
Los Upanishads nacen cuando los santos y sabios brahmanes generan la filosofía hindú más allá de los cantos y los rituales védicos, es decir, la teología de su religión. Y aquí se da uno de los saltos intuitivos más sorprendentes y bellos en la historia de las religiones.
El hinduismo es una de las religiones politeístas más prolíficas del mundo. Tienen un dios para todo y todo puede encarnar en un dios. La religión no tiene una jerarquía eclesiástica definida y a nivel popular es personal y familiar. Como todo en el naturaleza es sagrado, es también susceptible de ser adorado y, por lo tanto, en el altar familiar se le puede rendir culto a uno de los miles de dioses del panteón hindú o a un animal, una roca, un árbol o casi cualquier cosa porque, finalmente, todo en el universo no es sino una manifestación de Brahmán, desde un átomo hasta la más lejana galaxia: es el origen de todas las cosas y es todas las cosas.
Brahmán no es un dios en sí, sino un principio cósmico creador y no se le puede comprender, representar ni imaginar porque trasciende los límites de la mente humana. Es el todo y la nada.
Por lo general y para efectos de la adoración popular, se manifiesta en la trimurti (Brahmán, Vishnú y Shiva) de donde derivan todos los demás. Pocos hindúes rinden culto directo a Brahmán porque es un tanto incomprensible. Las dos grandes sectas hinduistas, y de las que proceden casi todas las otras, son Vishnuitas o Shivaitas. (Como dato curioso, Vishnú no era un dios importante en la antigua religión védica y apenas aparece mencionado unas cinco veces en los Vedas. Shiva ni siquiera figura, todo indica que representa a un antiguo dios de los pueblos originales de la India.)
Para el hinduismo, todo está relacionado entre sí y con el todo a través de la consciencia cósmica de la cual es parte primordial el Atman (un complejo concepto filosófico que relaciona al alma humana con Brahmán, es decir: el hombre mismo es Brahmán.)
El hinduismo es entonces, una religión politeísta (porque tiene muchos dioses), panteísta (porque el Universo, la naturaleza y Dios son equivalentes) y monista (porque funde a todos los dioses y fuerzas universales en un solo principio cósmico: brahmán.) Estas características tan suyas le dan al hinduismo una estructura filosófica sumamente flexible que le ha permitido a la India durante milenios, absorber todo tipo de invasiones guerreras, culturales, filosóficas y religiosas sin modificarse apenas, gracias a un sincretismo muy poderoso que actúa a la inversa: acepta, impregna y modifica al invasor –al fin que todo es Brahmán. (Aunque también le impidió defenderse adecuadamente y rechazar las invasiones por falta de cohesión social: sólo el Darma de las castas guerreras las impelía a la lucha; los demás andaban en lo suyo.)
El hinduismo admite en su seno a todo tipo de creencias; se puede ramificar de manera natural e infinita en miles de sectas y escuelas sin entrar en conflicto con el tronco madre, y se practica lo mismo de forma erudita y filosófica que de manera ingenua y popular; es decir, que es una religión de todos y para todos.
Y aquí surge la duda que ha generado esta plática: ¿Cómo puede una religión que lo envuelve todo en un mismo principio cósmico, generar un sistema social que clasifica y divide a todos y en el que la discriminación y la segregación han llegado a niveles monstruosamente inhumanos?
Los arios que invaden el Punjab y destruyen a la antigua civilización del Valle del Indo, no son un imperio sino hordas de tribus nómadas y belicosas que se hacen la guerra entre sí de manera interminable (la mitificación de una de estas guerras intertribales constituye la base argumental del Mahabharata.) Sólo olvidan sus diferencias para atacar y someter a los pueblos originales de la India. Los rasgos culturales que los unen son: el idioma sánscrito, la religión védica, y una organización social estructurada en clases bien definidas.
Como ya habíamos platicado, la sociedad aria estaba dividida en tres clases: nobles, sacerdotes y el pueblo común. Los pueblos conquistados fueron esclavizados y conformaron una cuarta clase sin derechos civiles ni religiosos y esto, sin lugar a dudas, concede a los conquistadores una clara superioridad social, racial y espiritual.
La transformación de la antigua y primitiva religión védica en el hinduismo es producto del sincretismo (de allí la preeminencia de Shiva en la nueva religión) y la sofisticación filosófica durante los mil años de dominio ario. El sistema de castas de la India es inherente a la religión hindú porque nacen juntos; ambos tienen su origen en la conquista y el esclavismo. No hay que olvidar que el vedismo es la religión de los conquistadores y estos dictan las condiciones sociales de las clases sometidas. Estas condiciones discriminatorias incluyen los preceptos religiosos, por ejemplo: las tres clases principales, los brahmanes, los chatrias y los vaishias, nacen dos veces: un nacimiento físico y otro espiritual (un rito de iniciación.) Los shudras (ferrocarrileros incluidos) sólo nacemos de nuestra madre y no tenemos derecho a aprender los vedas ni, mucho menos, a una iniciación espiritual (¡joder!… que hasta los españoles bautizaron a los aztecas.) Es decir, que somos parias hasta para el cosmos.
Las castas pues, conforman un sistema sumamente complejo porque tiene implicaciones gremiales, sociales (lo que significa discriminación) y religiosas (que es la crueldad máxima: porque nos lo merecemos, tenemos prohibido cambiarlo y nuestra única opción es aceptarlo, portarnos bien y esperar la muerte.)
Decimos por eso que hay que usar todas las herramientas de análisis porque, de lo contrario, pareciera que, muy dentro de nuestro corazón, la espiritualidad puede justificar cualquier cosa: como la desigualdad, la miseria y la marginación, es decir, la iniquidad de un sistema social producto de la conquista, el esclavismo y la segregación.
luis david