Todos (o casi todos, para no entrar en contradicciones) los visitantes occidentales que llegan a la India, lo hacen atraídos por su cultura milenaria, su arte sagrado, sus maravillosas tradiciones, y el pintoresquismo folclórico que, por diferente, nos atrae en cualquier parte del mundo sin distinción de culturas.
Tal vez lo más asombroso de un viaje a la India sea el hecho de enfrentarnos a una cultura y tradición totalmente desconocida, diferente por completo y hasta incomprensible para nosotros. Allá todo tiene un sentido sagrado, natural y sobrenatural que nos es extraño y que nos atrae y nos repele a la vez.
Todos los visitantes (o casi todos) regresan maravillados por lo que les toco ver y apesadumbrados por lo que les tocó ver. Quizás en ningún otro lugar del mundo sea tan notoria esta paradoja de la convivencia diaria entre lo extraordinariamente bello y la espeluznante miseria que lo rodea y que sobrepasa los niveles de la pobreza como presencia colateral escenográfica.
Estas reflexiones no son sobre la validez o invalidez del gran arte hindú, ni sobre la profunda y asombrosa intuición filosófica de sus sabios. La cultura hindú está muy por encima de la valoración que cualquiera de nosotros decida hacer, con conocimiento o sin él, sobre una sabiduría milenaria que sobrepasa, y con mucho, a otras culturas del mundo.
Podemos hacer un análisis sobre la situación económica de México y sobre la paradoja de contar con uno de los hombres más ricos del mundo y la pobreza lacerante de más de la mitad de su población. En este análisis saldrán a relucir cuestiones económicas, sociológicas, históricas, políticas y culturales. Terminaremos hablando de antecedentes históricos, corrupción y desigualdad y, probablemente, proponiendo soluciones más o menos complejas y de largo plazo y, casi siempre, aderezadas con un batiburrillo ideológico inevitable. Difícilmente le echaremos la culpa de la situación del México actual a la religión católica (aunque los más acelerados la pondrán como aliada de los buenos o de los malos, según sea el caso.)
El asunto es que este análisis es imposible en la India sin llegar, necesariamente, a la conclusión de que el estado de cosas actual, que es el mismo de hace mil años y de hace tres mil años, es causado por una razón primordial: su religión.
La religión en la India impregna todos los poros de la sociedad y es el origen de las maravillas de su arte, la gran altura de su filosofía, la belleza de sus tradiciones y la miseria oprobiosa de una gran parte de su pueblo.
Siempre me gusta decir que no es posible entender a un pueblo sin estudiar primero su contexto histórico, donde su cultura, su vida y sus razones cobran un sentido propio. Voy a hacer el intento de despojarme de mi coraza occidental para explicarme a mí mismo la realidad de un país al que amo: la India.
Como sabemos, 1500 años antes de Cristo, la gran cultura del Valle del Indo (la cultura Harapana) fue destruida por las invasiones de grupos nómadas de pastores-guerreros arios (Ario es una palabra del sánscrito que se traduce como Noble, con todas las implicaciones sociales que esto tiene.) Estas tribus provenientes del Asia Central eran altos, blancos y un tanto bárbaros que no pudieron entender ni mantener una cultura urbana, constructora de ciudades con servicios de agua y drenaje y una conformación social propia de las ciudades, y la destruyeron.
Pero los Arios, con todo lo primitivos que pudieran ser, traían consigo una religión, un grupo de sacerdotes y sabios y una colección de bellísimas tradiciones religiosas, que luego quedarían plasmadas en los Vedas.
Los Vedas son cuatro libros escritos en el idioma sánscrito, que contienen una recopilación de cánticos místicos y profanos, oraciones, alabanzas, instrucciones rituales y fórmulas mágicas, siendo el más antiguo el Rig Veda que se compone de más de cuatro mil cantos. La religión védica era simple y no necesitaba de imágenes ni templos; sus rituales, ofrendas y sacrificios podían hacerse en cualquier lugar y sobre una mesa o un pedestal a propósito, como corresponde a un grupo nómada.
Los Vedas pintan un pueblo orgulloso y firmemente convencido de su superioridad racial y social. Hacia los pueblos originarios de la India, no arios, no sentían sino desprecio y un profundo desdén. Estos pueblos conquistados fueron totalmente sometidos, segregados y obligados a vivir en grupos fuera de los límites de las aldeas arias y excluidos de los ritos religiosos védicos. El nombre de uno de estos pueblos, los Dasas, terminó significando en el idioma sánscrito, esclavo.
La sociedad védica estaba dividida, según sus libros y de manera un tanto imprecisa, en tres clases: los nobles, de donde se elegía por consenso un rajá o jefe, los sacerdotes, que se encargaban de los sacrificios y rituales religiosos, y el pueblo común, encargado de pastorear el ganado. Los pueblos conquistados eran agrupados en una cuarta clase que era inferior a las otros tres y, como ya mencioné, estaba excluido hasta de los beneficios de la religión védica.
La división social aria no era tan estricta y el acenso en los estratos sociales era posible, una mujer podía elegir a su pareja y no había indicaciones precisas sobre el vestido y la comida de las clases sociales.
Con el tiempo (y en la India todo lo medimos en milenios) la cultura védica floreció: se urbanizó, su sistema social se hizo muy rígido y su religión se volvió muy compleja.
Durante la larga edad védica, se fueron recopilando comentarios sobre los Vedas y comentarios sobre esos comentarios. Así nacen los Upanishads, que son una colección de tratados filosóficos que tratan sobre el significado místico de los rituales más que sobre les rituales mismos. Exponen una multitud de interpretaciones especulativas sobre el universo y el lugar del hombre en él. Los Upanishads, a diferencia de los libros sagrados de otras religiones, no dan respuestas absolutas a las incógnitas existenciales de la humanidad, sino que hacen una búsqueda intuitiva en la inmensidad del cosmos que sitúa al hombre como parte integral del mismo. De allí su desconcertante profundidad teórica y su belleza filosófica.
El hinduismo es producto de mil años de crecimiento de la antigua religión védica. Decimos pues que la religión Hindú descansa sobre los vedas y se nutre de los Upanishads.
No dar respuestas absolutas a las interrogantes místicas de los hombres le genera al hinduismo una flexibilidad tal que permite una multitud de sectas en las que cualquier hombre santo se puede erigir por derecho propio en gurú, maestro e intérprete de la religión según su propia iluminación, y lograr adeptos, que viajan desde todos los confines de la India y del mundo, para escuchar sus enseñanzas sin por eso entrar en contradicción con el tronco madre de la religión Hindú. (y por menos que eso, la Iglesia Católica los hubiera quemado vivos y los piadosos protestantes gringos los hubieran martirizado y asesinado como al pobrecito José Smith.)
La intuición iluminada de los santos hindúes, los llevó a concebir una religión que no está basada en un código moral dictado por un dios como Jehová, sino en la unidad del hombre con el cosmos y su responsabilidad en el equilibrio del mismo. Es pues una religión sin profetas ni mandamientos. El hombre no se entiende sin el cosmos y el cosmos no existe sin el hombre. Es una religión muy avanzada que, en ese sentido, deifica al hombre mismo.
Hasta aquí, parece fácil, pero ¿cómo mantiene el hombre el equilibrio cósmico? Y aquí es donde empieza a ponerse bonito esto.
La religión Hindú reside en tres principios básicos. la Reencarnación, el Karma y el Darma (los voy a escribir siempre en su forma castellanizada para no entrar en conflicto con la «h» intermedia.)
El alma humana, al ser parte del cosmos, es eterna -ha existido desde siempre y va a existir para siempre. Esta alma se corporiza un número incontable de veces y lo seguirá haciendo por toda la eternidad. Puede reencarnar en animal (de insecto en adelante) o en ser humano dependiendo de su progreso. Sólo como ser humano tiene conciencia y es responsable de sus actos, en los otros casos su existencia se limita a ser y renacer en una forma superior hasta llegar al hombre.
Ya como hombre responsable de sus actos, la fuerza que lo hace reencarnar en una forma u otra es el Karma. El Karma es la fuerza que mueve al universo y que lo mantiene en equilibrio. Funciona como una ley universal de causa y efecto. Por el Karma, el hombre, de acuerdo a sus actos buenos o malos, va a reencarnar un una forma superior o inferior de vida y esto incluye su posición social o casta (y ya apareció la palabreja.) El Karma es una fuerza etérea que es independiente de la voluntad humana o de los dioses. Es un principio universal (como la atracción gravitacional), que simplemente está allí. No castiga ni premia, tan sólo actúa. No es un principio moral y no distingue lo bueno de lo malo según los códigos éticos humanos, sino sobre fuerzas superiores que tienen como fin último el necesario equilibrio cósmico.
El Karma no se manifiesta en esta vida, sino en la próxima reencarnación, es decir, mi condición en esta vida, cualquiera que ésta sea, no va a cambiar porque mis actos sean buenos o malos, porque mi vida de hoy es consecuencia de mis actos buenos o malos de mi vida anterior y ya nada puede hacerse sino abonar para mi próxima reencarnación.
¿Y cómo abono para mi próxima reencarnación?
El hombre nace con una misión que debe cumplir. Esta misión puede incluir el cumplimiento de los códigos morales y éticos de la sociedad, los ritos sagrados de la religión como el culto, ofrendas y sacrificios a los dioses, y el cumplimiento estricto de las obligaciones y reglas de su posición social o casta.
Esta obediencia estricta al deber es lo que se llama Darma. El Darma es mucho más elevado que la obediencia a una norma, cualquiera que esta sea. Es el deber ser (y el responsable último del equilibrio cósmico.) Más allá de consideraciones morales del bien y del mal, el Darma estriba en el cumplimento de la misión última del ser humano, esto es: llevar hasta las últimas consecuencias la obediencia a un estado de cosas heredado de su posición en el cosmos (y esta posición cósmica es, para los efectos prácticos de esta vida, su posición en el mundo.)
De nueva cuenta, hasta aquí parece fácil, pero el desarrollo teórico de estos conceptos estaba escrito en sánscrito y de una manera sumamente oscura, simbólica y elevada en los Upanishads, de allí que para la ingenua religión popular resulte un conocimiento inaccesible e inentendible. La religión popular se nutre más bien de una serie de historias, mitos y leyendas más o menos piadosas contadas en lenguaje vernáculo en las grandes epopeyas hindús: el Ramayana y el Mahabharata. Estos libros, al igual que la Ilíada y la Odisea, resumen miles de años de recuerdos populares y, probablemente, parten de un granito de verdad histórica. Por su idealización del hombre y sus virtudes, y por su percepción de la condición humana, ocupan un lugar preponderante a la altura de lo mejor de la producción literaria universal de todos los tiempos.
El Ramayana es una bellísima historia de amor y fidelidad, muy a la manera de la Odisea, que relata las vicisitudes de la relación amorosa entre Rama y Sita. De manera muy resumida la trama es esta: La madrastra de Rama, el príncipe heredero, exige a su marido que le cumpla una vieja promesa y pide el exilio de Rama para dejar su lugar al hijo de ella. Rama, hombre de honor, el alma misma del concepto hindú del Darma, deja el reino aunque sus parientes y compatriotas le piden que se quede y luche por lo que en derecho le pertenece. Pero su Darma (es decir, su sentido del deber) y el respeto a sus mayores lo inducen a cumplir la promesa hecha por su padre y lo llevan a renunciar a sus derechos y parte sin reproche ni amargura a vivir una vida ascética (que para los hindúes tiene un gran significado espiritual) en una cabaña del bosque.
Desde luego que la esposa de un hombre perfecto debe ser perfecta ella misma y Sita decide acompañarlo aunque no tiene la obligación de hacerlo. Allí Rama se dedica a la meditación y a luchar contra los demonios que merodean en el bosque. Ravana, el rey de los demonios, monta en cólera y rapta a Sita y la lleva a su castillo donde hace hasta lo imposible por ganarse su afecto, pero Sita se mantiene fiel a Rama.
Rama, con ayuda de los dioses, logra rescatar a Sita, pero al hacerlo se encuentra en un gran dilema: como la ama, desea que vuelva con él, pero una ley sagrada le ordena repudiarla por haber vivido bajo el techo de otro hombre. Sita obra como lo ordena su Darma y se arroja a la pira funeraria, pero Agni, el dios del fuego, al ver su inocencia la rechaza y Rama, ante esta prueba de pureza, la acepta de nuevo.
El medio hermano de Rama abdica generosamente a su favor y Rama recupera el trono, pero comienzan las murmuraciones contra Sita: ¿Cómo es posible que una mujer que se ha holgado en la casa de otro hombre vaya a ser muestra reina? Como la primera obligación de Rama es complacer a sus súbditos obedece a su Darma y la rechaza de nuevo y esta vez ningún dios acude en ayuda de Sita.
Rama gobierna sin ella durante varios años y al final cambia de parecer y va en su busca, pero Sita ha sido tragada por la tierra de la que nació y Rama pasa el resto de sus días solo y triste aunque es un gran héroe por el noble espíritu con que cumple su Darma.
Desde entonces Rama es el ideal del hombre hindú: noble, caballeroso, valiente, amoroso y fiel a su esposa, pero que sabe su lugar en el mundo y cumple con su Darma por encima de él mismo. Tiene fortaleza en la tribulación y valor en la adversidad. Él mismo ha sido deificado y se le rinde culto y se le menciona en múltiples plegarias (Hare Krishna, Hare Rama…) La tradición lo considera una encarnación de Visnú.
Sita es el ideal de la mujer hindú: fiel, abnegada, amorosa y obediente al Darma. Se la considera una encarnación de Lakshmi, esposa de Visnú.
El máximo voto de amor de una mujer hindú es decirle a su amado: «Yo seré tu Sita y tú serás mi Rama.»
La historia de Rama y Sita ha sido cantada y recontada por más de dos mil años en poemas, dramas, cuentos, leyendas y es parte integral e inseparable del alma popular de la India.
Igual influjo, aunque más profundo, ha tenido el Mahabharata, que cuenta la historia de la sangrienta guerra desatada por la sucesión de un reino. Es un libro maravilloso y de una extensión apabullante que cuenta simultáneamente muchas historias y hace largas disquisiciones filosóficas y religiosas.
El núcleo de su argumento se puede resumir así: El Mahabharata cuenta que la sucesión del trono de la tribu kuru había recaído en un príncipe ciego. Como la ley lo inhabilitaba para ejercer el poder por su impedimento, éste obedece a su Darma y abdica en favor de su hermano menor, Pandu. Todo está muy bien hasta que los hijos de ambos crecen y los hijos del ciego reclaman el trono que, dicen, en justicia les debería pertenecer aunque la ley ordena que el heredero sea el hijo de Pandu. Reta entonces a su primo Yudhisthira a jugarse el trono a los dados. Yudhisthira accede y pierde el trono sin saber que su primo hizo trampa. Como posteriormente el primo se persuade de que debe llegar a un acuerdo, promete regresar el trono a Yudhisthira luego de trece años. Éste accede y se dedica mientras a otras cosas que son narradas con profusión de detalles.
Al pasar los trece años reclama el trono, pero su primo, ya encariñado con el poder, se niega a entregarlo, por lo que Yudhisthira se ve obligado y, contra su voluntad, le declara la guerra y aquello se pone terrorífico y emocionante. Los dioses, como en la Ilíada, toman partido por alguno de los bandos y la cosa se torna sangrienta a más no poder.
En un momento dado, Yudhisthira se lamenta de la guerra y de tener que destruir a sus primos a los que, por lo demás, siempre ha querido, y llega incluso a renegar de su Darma.
Una de las partes más importantes del Mahabharata es el Bhagavad Gita, un libro aparte en el que el dios Krishna guía el carro de Arjuna, hermano menor de Yudhisthira, y pelea a su lado. Esta parte es todo un tratado de filosofía mística con la que Krishna instruye a Arjuna, que también se lamenta de la guerra y de la sangre derramada.
El dios le dice a Arjuna que no le debe preocupar matar a sus primos porque, a fin de cuentas, el alma es inmortal y no la puede destruir. Lo único que va a matar es un cuerpo humano, una envoltura temporal de su alma. Por otro lado les hará un gran favor si los mata porque entonces podrán reencarnar en una mejor posición.
Además, debe matarlos porque su Darma de guerrero es luchar y su deber sagrado es obedecerlo.
Como quiera que sea, Yudhisthira y sus hermanos matan a sus primos, ganan la guerra luego de 18 días de lucha sangrienta y recuperan el trono.
Con el tiempo, Yudhisthira muere y al llegar a la morada de los dioses se sorprende al encontrar a su veleidoso y tramposo primo deleitándose en ese lugar, mientras que la esposa de Yudhisthira y sus hermanos se consumen en medio de espantosos tormentos en el lugar de los sufrimientos. Los dioses le explican al bondadoso héroe que su primo obtuvo esa recompensa porque cumplió con su Darma, mientras que él y su familia se atrevieron a ponerlo en duda. Deberán ahora esperar a una nueva reencarnación para volver a iniciar el ciclo y esperar una nueva oportunidad.
Las enseñanzas místicas que se derivan del Mahabharata lo sitúan como un libro sagrado en el sentir popular. El Bhagavad Gita es, luego de los Upanishads, el libro más importante del hinduismo.
Para este entonces, la sociedad Hindú ya estaba totalmente estructurada. Los sacerdotes ocupaban ahora el lugar principal al ser los responsables directos de los sacrificios y los rituales que mantenían el equilibrio cósmico. Los antiguos y simples ritos védicos se había vuelto tan específicos y tan complicados que una desviación del tamaño de un cabello en la colocación de uno de los ladrillos del altar o tocar inadecuadamente a una oveja que fuera a ser sacrificada podría desencadenar una catástrofe cósmica de magnitudes inenarrables. Los sacerdotes llegaron a adquirir un carácter superior a los dioses mismos.
La división social en castas se volvió cada vez más estructurada y estricta. Las castas marcan un lugar inamovible en la sociedad e incluyen una ocupación definida y hereditaria, una vestimenta obligatoria y una alimentación específica, entre muchas regulaciones más.
Vamos a poner un ejemplo fácil. Si mi padre hubiera querido ser ingeniero agrónomo, como lo fue, su casta (la herencia de su padre) lo hubiera obligado a ser ferrocarrilero, a vestir el uniforme de los ferrocarrileros y a comer sólo la comida aprobada para esta casta. Y de allí en adelante, nosotros mismos, nuestros hijos, nietos y así hasta el fin de los tiempos, seríamos ferrocarrileros, vestiríamos como ferrocarrileros y comeríamos como ferrocarrileros. Por otro lado, él no se hubiera podido casar con la hermosa Amalia, por muy chula que estuviera, sino que hubiera tenido que escoger para esposa a la hija de un ferrocarrilero y, por consiguiente, nosotros y nuestros hijos haríamos lo propio. Si alguno de nosotros hubiera querido ser ingeniero textil, decorador, sicólogo o artista, hubiera tenido que posponer sus planes para otra vida en la que nuestro Karma nos situara en la posición adecuada. Por lo pronto, nuestro Darma nos obliga a obedecer los deberes de nuestra casta ferrocarrilera y cualquier desviación caprichosa puede acarrear consecuencias desastrosas en nuestra próxima reencarnación y en el equilibrio del cosmos. Por otro lado, es inimaginable que alguno de nosotros hubiera pensado siquiera en la posibilidad de hacer algo distinto a lo que determina nuestra casta. La casta es parte del orden kármico y la pura idea de desobedecer nuestro Darma influiría de tal manera en nuestro Karma que pondríamos en riesgo nuestra próxima reencarnación (y en una de esas nos pasa lo que a Yudhisthira y su familia.) De allí que se nos vea tan contentos con nuestra condición social, cualquiera que ésta sea, porque sabemos que es pasajera y además, sabemos que es de absoluta responsabilidad nuestra al ser el resultado kármico de nuestros actos buenos o malos en nuestra anterior encarnación, así como es de nuestra total responsabilidad el resultado kármico de nuestra próxima reencarnación, y por lo tanto, ni para moverle.
La división social en castas tiene orígenes históricos y religiosos bien definidos. La India no es un país homogéneo (y cual lo es) sino que es el producto de la convivencia de múltiples razas, credos, costumbres y otros etcéteras que se han asentado en el subcontinente a lo largo de milenios y que son el resultado de migraciones, invasiones, guerras y desmanes. El sincretismo Hindú es tan poderoso y flexible que los ha englobado a todos, respetando sus diferencias y asignándoles un lugar fijo e inamovible en la sociedad. El lugar principal está reservado para los herederos de la antigua cultura védica (y tal vez ésta era la única manera de no destruirse unos a otros.)
La antigua sociedad védica estaba dividida en cuatro grandes grupos:
Los brahmanes (sacerdotes, maestros, académicos) son la casta más alta, que —según ellos— salieron de la boca de Brahma. Su función era estudiar y enseñar los vedas.
Los chatrias (clase política-militar), que salieron de los hombros de Brahma. Su función era defender y administrar al país y a sus pobladores, y estudiar los vedas
Los vaishias (comerciantes, artesanos y agro-ganaderos), que se formaron de las caderas de Brahma. Su función era producir alimentos y artículos útiles y comerciarlos, y estudiar los vedas.
Los shudras (siervos y obreros), que provienen de los pies de Brahma. Su función era servir a las demás clases y no debían estudiar los vedas (ni siquiera leerlos. La ordenanza decía que si algún shudra escuchaba, aún por descuido, un pasaje de los vedas, se le debería verter plomo derretido en los oídos.)
Cada una de estas clases está, a su vez, subdividida en una multitud de castas y sub castas. Como ya lo hemos platicado, la casta es inherente al nacimiento, se tiene por origen y es por lo tanto, inevitable e inexcalable. Conforman, cada una, un sistema endogámico.
Las castas son parte de un sistema jerárquico y sumamente estratificado. Es decir, una casta es superior o inferior a las demás.
Algo que viene a complicar, todavía más, este asunto, es el grado de pureza de cada casta. Las hay tan puras que sólo pueden tener contacto consigo mismas o con un número muy corto de castas afines. Por el contrario, hay castas tan impuras, que aún su sombra contamina los caminos. Hay pues, castas que, en tres mil años de historia, jamás han tenido contacto.
La casta define, entonces, el grado de pureza y la jerarquía en el estrato social y religioso. Define, además, el oficio, la vestimenta, la alimentación, la vivienda, y la relación con las otras castas, y un sin fin de etcéteras que incluyen hasta la manera de preparar los alimentos permitidos para cada casta (y es que esto, como muchas otras cosas, es un asunto de pureza.)
Curiosamente, la alimentación es una de las cuestiones más importante a observar por las castas. Casi no hay matrimonios mixtos, porque nadie quiere por esposa a una mujer que no le pueda preparar ni servir sus alimentos ni, mucho menos, compartir su mesa. Por cierto, las regulaciones alimenticias se vuelven mucho más restrictivas en las castas superiores. Algunas castas brahmánicas, solo pueden comer algunos vegetales.
Un sistema tan complicado, requería una regulación extrema y eso fue lo que hicieron las Leyes del Manu: regular y poner por escrito un estado de cosas que ya operaba de facto.
No sé hasta donde todas estas complicadas restricciones y regulaciones se cumplan al cien por ciento y me inclino a dudarlo. Pero, lo que sí es evidente es que operan y afectan de manera definitiva, y desde hace más de tres mil años, al segundo país más poblado de la tierra.
Si este sistema fuera un asunto social, político o económico, ya hubiera evolucionado y cambiado a lo largo del tiempo. Pero, al ser una cuestión religiosa, está santificado y estacionado. Genera inmovilismo social y perpetua un estado de cosas cuya iniquidad es impresionante.
La religión hindú impregna cada una de las células del pueblo. Es un asunto vital, literalmente, sembrar, regar y podar nuestra próxima reencarnación desde esta vida, y no hay otra forma de hacerlo que cumplir a carta cabal el Darma que nos asigna nuestra posición en el cosmos para lograr que el Karma nos sea favorable. No podemos saber cuál fue nuestra vida anterior, por lo tanto, no sabemos si hemos ganado o perdido al estar aquí.
El hinduismo se basa en la esperanza. Nuestro paso por el mundo, no es sino una etapa más en nuestra propia eternidad; si hoy nos toca sufrir, y lo hacemos con absoluta aceptación y conformidad, vamos a recibir la recompensa en nuestra próxima reencarnación. Nada podemos cambiar hoy y la única salida es esperar jubilosos la muerte (y rogar que todo esto sea cierto.)
Y con respecto a la pregunta de si existe algún sistema que haya resuelto todos los problemas de los hombres, la respuesta es que no, ni lo habrá. Pero es evidente que algunos lo han hecho mejor.
luis david