Blog

Incertidumbre

A fuerza de creer que te conozco
encuentro tu imagen en mis paredes,
en los muros de mi alma
y en las páginas de mi historia.

A fuerza de creer que te conozco
realizo mil acciones convencido
de estar ante el recuerdo
de tu cuerpo.

A fuerza de creer que te conozco
te beso en mis noches,
acaricio tu pelo y tu boca.

A fuerza de creer que te conozco
he borrado de mi libro
la dirección del futuro.

luis david

 

El Mar

Anoche estuve platicando con el mar. Me senté en la playa y dejé que mojara mi ropa con su vaivén eterno. Me hablaba de olas y espumas, de iras y calmas, de galeones hundidos y buques fantasmas, de insignificantes embarcaciones de troncos y bejucos perdidas entre los collados acuosos de las marejadas.

Me narró cuentos de exploradores heroicos y piratas violentos, historias de aventuras fantásticas de dolor, de sangre y de muerte. Me invitó a una travesía por los confines inexplorados de los océanos ignotos de acantilados extraños y playas ilusorias donde ningún ser humano ha posado la vista y me negué presuroso, muerto de miedo.

Soy hombre de tierra firme. Tengo mis propios fantasmas pero, son espectros conocidos, familiares casi. He convivido con ellos toda la ruta, pueblan mis espacios vacíos y mis vasos llenos. Me ayudan a escribir poemas de pesadumbre y llenan de nostalgias apócrifas mis pesadillas. Despierto sudoroso con la certidumbre de su presencia impalpable y desayuno en las mañanas acompañado por su existencia etérea.

luis david

 

Décima Luna

luna-1

I
Luna que roba el aliento
de mi noche sin fortuna,
oscuridad cual ninguna
en los confines del viento.
Soplo de luna violento
en el atajo escondido,
luna de rostro afligido
asoma entre la nube
de la calina que sube
desde mi pecho abatido.

II
Niebla de luna sangrante
que repta sobre la tierra,
viejos tambores de guerra
oscurecen mi semblante.
Sombra de luna jadeante
se arrastra por el camino,
polvos de paso cansino
obnubilan la razón
y empujan al corazón
a su funesto destino.

III
Luz de reflejos volantes,
faro de luz mortecina,
el paso de la neblina
por los entornos variantes
marca los fuegos tronantes
de mis eternos dolores.
Espejo de mis errores,
luna de la mar en calma,
onda que me parte el alma
y lastima mis amores.

IV
Luna de luz apagada,
puerto de mares oscuros,
viento que rompe los muros
de mi angustia acumulada.
Viso de luz azulada
anida bajo los montes,
matiza mis horizontes
con sus reflejos mortuorios
y pinta los abalorios
de mis ocultos Carontes.

V
Luna que siembra de penas
mis noches atormentadas,
los ecos de mis cañadas
se pierden en las arenas
de los despojos que apenas
descubro que se han perdido
y encuentro un mar teñido
de sangre que se derrama
desde mi pecho en la cama
de mi espíritu dormido.

VI
Lago de luna dormida,
reflejo de mis amores,
la brisa de mis dolores
dificulta la partida.
Sombra de luna perdida
entre los bosques dolientes,
nube de rostros presentes
hiere mi alma oscura
con la feroz quemadura
de mis recuerdos silentes.

VII
Luna que bebo a sorbos
en las noches estrelladas,
canto de las alboradas
que derriba mis estorbos,
luz que alimenta los morbos
de mis sueños escondidos,
ruta de rumbos torcidos
en la búsqueda del ser,
todo por volverte a ver
en mis senderos perdidos.

VIII
Luna que llena mi alma
de romances y suspiros,
voz que transforma los giros
de mi soledad sin calma,
luz que se filtra en la palma
de mi jardín olvidado,
cuento fugaz recordado
en los instantes de sueño,
triste corazón sin dueño
por tus besos estrujado.

IX
Luna que devela a fondo
la humedad de mis noches,
recuento de los derroches
que entre mis manos escondo.
Canto que me cala hondo
con su lamento profundo,
voz que me aleja del mundo
y retuerce mis entrañas,
lago de lunas extrañas
entre tus aguas me hundo.

X
Testigo de los despojos
que retuercen mi camino,
luna de mi cruel destino,
senda plagada de abrojos,
cruel ansiedad en los ojos
de tu apariencia moruna,
loca presencia de una
inmensidad encendida
que envuelve nuestra vida
en el brillo de la luna.
luis david

Medusa

medusa

 

Para Sandra, siempre.

Pelo de serpientes.
Cruel Medusa de belleza hipnotizadora.
Con el alma en la mano me acerco a tu santuario.
Tu mirada me aterra y me atrae.
Mi corazón ya es de piedra
desde que te imaginé desnuda ante mis ojos.
Un beso de tu boca para después morir

Imagen: Sandra Sandoval

Poema: luis david

Romance del Capitán

Oscuridad estrellada,
lluvia de brillos errantes,
vientos de la cordillera
que traen rumores de mares.
Llora la vieja mirando
lucecitas de las naves
que surcarán los océanos
hacia lejanos lugares.
Con el pecho dolorido
de recuerdos anhelantes,
retozos de noches húmedas
entre sábanas de Flandes.
Un capitán peregrino,
hombre de estampa galante,
seductor de sus ensueños
y de su cuerpo fragante,
se ha perdido en las islas,
refugio de tempestades,
con la embarcación hundida,
rotos quinientos amarres,
muerto de muerte segura,
muerto de sed y de hambre.
Años de noches de espera,
llenas de astros brillantes,
llora la vieja la pena
de su corazón amante,
quebrada su alma triste
mira los barcos que salen
cargados de oro y plata,
de suspiros susurrantes.
Ventana que mira al cielo,

luna de cuarto menguante.

luis david

De tu corazón marchito

Pena que llena mi alma
de recuerdos infinitos,
pena que baja volando
por las márgenes del río.
Luna de brillos opacos
que ensombrece mi destino,
voz que resuena en mis noches
con feroces alaridos.
Campo teñido de sangre,
monte cruzado de espinos,
polvo que cubre los pasos
de tu caminar altivo.
Ya tengo el cuerpo cansado
de tanto vagar perdido
entre las brumas espesas
de tu corazón marchito.

luis david

 

Romance de la muerte de Martín Palacios

La luna flota en el manto
infinito de los cielos,
un redoble de campanas
cubre de llanto el silencio.
Aquella noche siniestra
llega Martín al encuentro
del acontecer sombrío
que asolaba sus desvelos.
Negro destino desata
la opresión de su pecho
por el nefasto conjuro
que ennegrece su cielo.
La soledad acompaña
la ruina del pensamiento,
terco delirio de brumas
llena de nubes su puerto.
Canción de pasión oscura,
copla de luto siniestro,
el coro de los presagios
cubre la voz del silencio.
Un disparo en la noche
resuena al filo del tiempo
enmarcando la caída
desolada de su cuerpo.
Ríos de grana doliente
en las baldosas del suelo
tiñen de rojo la noche,
tiñen de rojo el silencio.
Nadie supo los motivos,
nadie el feroz desconsuelo,
Martín se llevo a la tumba
el dolor de su secreto.

-Quién contará tu historia,
quién te cubrirá de rezos,
quién te llevará una rosa
al fondo del cementerio.
-Qué luna estará contigo,
en las noches del estero,
cuando tu alma doliente
vague implorando consuelo.
-Cómo encontrarás alivio
a los furores del miedo,
qué voz clamará tu canto
en las noches del desierto.

La luna flota en el manto
infinito de los cielos,
y un redoble de campanas

cubre de llanto el silencio.

luis david

 

Silueta

El mar en movimiento apresurado
recorre las distancias infinitas
bañando con sus olas eremitas
las grutas del feroz acantilado.

La playa del verano sosegado
conoce de tu planta las visitas
pausadas, solitarias, sibaritas,
con huellas de tu paso relajado.

El soplo de la brisa transparente
se pega a tu cuerpo de sirena
que goza al notar la mar con pena

que mece con vaiven incompetente
tratando de borrar inútilmente
el sol de tu silueta en la arena.

luis david

 

El Viejo

Les juro que sólo entré a su huerta para robarle la fruta. Al fin que el viejo ni la cosechaba ni la comía. Pero eso sí, que nadie la tocara. Sus árboles estaban siempre llenos de frutos maduros que envejecían en las ramas. El suelo estaba tapizado de restos secos y podridos que se quedaban allí hasta reintegrarse a la tierra para desaparecer sin que alguien se ocupara de ellos. Nos sentíamos amenazados con que la vez que nos viera entrando a su huerta nos iba a pasar algo muy malo. El miedo que nos provocaba se volvió una razón más para tentar a la suerte.

Esa tarde saltamos la barda en completo silencio y con el corazón en la mano. La respiración se nos dificultaba por el miedo y la emoción. Nos acercamos a los árboles y comenzamos a trepar para cortar la fruta con prisa sin descuidar la única salida de la casa por donde podría llegar el viejo. Yo, en un dejo de bravura insensata, me adentré en la parte más lejana de la huerta y, fatalmente, más cercana a la posible salida del viejo y me subí al árbol más alto y con la fruta más apetitosa. De pronto apareció. Se arrastraba hacia nosotros y murmuraba algo que no alcanzábamos a escuchar. El espanto se apoderó de todos los demás, que bajaron y corrieron despavoridos y en completo desorden cada cual por su lado. Presa del pánico intenté descender pero el miedo me hizo resbalar y no alcancé a asirme bien de una rama que termino rota precipitándome hasta el suelo. La caída me sofocó y, sin aire y sin fuerzas para levantarme, quedé tendido a merced del viejo que se arrastraba hacia mí mascullando palabrejas impenetrables. Quise alejarme pero me cogió del pantalón y el pánico me inmovilizó. El viejo se acercó murmurando cosas ininteligibles y quedé paralizado viendo como se acercaba. Su rostro lucía desencajado. El pelo blanco, rizado y en completo desorden lo hacía resplandecer con un aspecto más fiero que nunca. Me encontraba a merced de un loco y no podía escapar. Se quedó tirado junto a mí y alcancé a escuchar que decía:

“… por fin… llegaste… te esperé… tanto tiempo… sabía que vendrías… y te esperaba…”

“… no me mate… –alcancé a musitar sin fuerza”

“… ya era… demasiado tiempo… necesitaba tenerte así…”

“… solo es una fruta… si quiere se la dejo aquí… al fin que ni me gustan… no me vaya a hacer algo…”

“… algún día tenía que ser… yo sabía que sí…”

“…”

Éramos niños entonces. Correr por las calles polvorientas del pueblo era nuestro juego. Las viejas casonas con sus huertas enormes estimulaban nuestro apetito de aventuras. Con el corazón agitado brincábamos las bardas en silencioso tropel y robábamos la fruta madura y jugosa de los árboles. Era un deleite correr entre asustados y orgullosos hacia el río y tumbarnos bajo la sombra de los encinos para disfrutar el producto de nuestras travesuras. Eran otros tiempos.

Nunca supimos de dónde llegó el viejo. Apareció de repente hace muchos años para tomar posesión de la casona enclavada en medio de las huertas que había ganado como deuda de juego. Venía acompañado de una mujer de edad indefinida que le servía en la casa y que fue durante tantos años su único contacto con el mundo. Jamás cruzó palabra con la gente del pueblo y nunca recibió visitas. No participaba en las fiestas ni en las tradiciones. Salía muy poco y siempre a solas para hacer largos paseos a caballo por los cerros vecinos. No se sabía cuándo se iba ni cuándo regresaba.

No nos gustaba y comenzó a cobrar mala fama. Si algo malo pasaba en el pueblo debía ser por su influencia maligna. Si las cosechas se secaban era por el viejo. Si no llegaba la lluvia era su culpa. Si caía la helada era por su presencia infernal. Si las muchachas salían embarazadas, seguro era por su influencia diabólica. Si alguna huía con el novio, él tendría algo que ver. Era capaz de causar el mal con sólo caminar por el pueblo. Podía hacer que las mujeres concibieran con solo mirarlas. Todos los hijos naturales debían ser suyos. Era canijo el viejo.

Y ahora yo estaba allí, tirado en la huerta de la antigua casona junto al viejo maldito que decía cosas incomprensibles. Una espuma blanca y babosa resbalaba entre sus labios. Sus dientes amarillos despedían un hedor insoportable. Yo le miraba aterrado y sin poder moverme:

“… eras todo… lo que yo anhelaba… siempre te amé… te deseaba tanto… y te llamé todas mis noches… amada mía…”

“…”

“… sabía que algún día… tendrías que llegar… te esperaba… muerte mía… mi amada… mi amante eterna…”

“…”

“… llévame ya contigo… estoy preparado… desde hace mucho tiempo… amor mío… llévame…”

“…”

El viejo buscaba un testigo para su encuentro con la muerte y yo estaba allí, elegido por el azar. Quedó tirado junto a mí. Sus ojos desorbitados congelaron mi alma. Un sonido sordo salió de sus entrañas y quedó inmóvil. Mi corazón latía con fuerza y el aire entraba con dificultad en mi cuerpo. Sentí que mis ojos se salían de sus cuencas y caían botando como canicas para quedar tirados a mi lado. No supe más. Me encontraron revolcándome en la huerta, convulsionando y gritando incoherencias. Me retorcía tanto que me tuvieron que amarrar para sacarme de allí. Estuve más de quince días delirando en medio de una fiebre feroz y sin recuperar el conocimiento.

Al viejo lo arrastraron con un caballo por las calles del pueblo entre la gritería y los insultos de todos y lo fueron a tirar a una barranca lejana. Nadie lo reclamó, ni la mujeruca que lo asistía, ni sus viudas fortuitas, ni aún sus múltiples hijos oculares. No lo quisieron enterrar en las cercanías del lugar porque la tierra podría secarse y volverse dura como piedra y nunca más volvería a producir una sola matita de hierba.

Nadie ha vuelto a hablar de él. Es un recuerdo prohibido que todos quieren olvidar. Es una pesadilla que quedó atrás. Sólo yo guardo algo de esa época y es que nunca más he vuelto a comer una sola fruta.

luis david