
El Conejo (mejor conocido en el bajo mundo como «el Conejo Pérez»), Olaf y Sosky
El Conejo, de seis años, se había ido de pinta.
Al siguiente año me fuí a Cd. Juárez y le perdí la pista. Al entrar a primero de secundaria me lo encontré en la correccional en la que nos confinaron nuestras mamás. Allí me enteré de que no es que le dijeran «el Conejo Pérez», sino que se llamaba Melchor Antonio Conejo Pérez. Todo un caso.
Hicimos una bolita con Pepe Figueroa, hermano de Gaby, el Conejo y yo. Éramos una pandilla sui géneris porque, mientras él era totalmente kinestésico, hiperactivo, buenísimo para los deportes y los trompones, nosotros éramos un par de ñoños que nos íbamos de pinta a los museos y las bibliotecas. Un caso clínico.
Seguimos juntos toda la secundaria y nos separamos al pasar a la preparatoria. Mientras nosotros entramos al Colegio de San Nicolás, él se apuntó en el Tecnológico de Morelia.
Nos veíamos muy ocasionalmente y así supe que se había inscrito en el IMSS para aprender clavados y natación y después me enteré de que ya era entrenador. Eso era lo suyo.
La última vez que lo vi fue en un cine de Morelia a donde fuimos Gaby y yo, recién casados, a ver «Silent Movie» de Mel Brooks, y le dió gusto vernos y que nos hubiéramos casado.
Ya nos perdimos la pista, no sé a qué se dedique ahora y lo extraño. Es un buen amigo al que quiero mucho y del que tengo muy buenos recuerdos.
luis david