Gerardo me contó que tenía un hermano gemelo y según esto, era alguien muy importante para él y, en cierto modo, contraparte o complemento de mi amigo. En lo exterior eran casi idénticos, pero lo interior los delataba. Uno era impulsivo y el otro sereno; uno era pareja amorosa y estable y el otro capaz de enredarse con el mismísimo Satanás. El uno alegre y desenfadado y el otro taciturno y tormentoso. Gerardo era directo en el decir y Agustín atrapado de manera hiperbólica en su amor por el lenguaje. Lalo era visceral y Tino muy noble. Pero eso sí, los dos eran mentirosos de tiempo completo.
Cuando asistimos con Maru y Gerardo al Grito de los Rebeldes en el Zócalo de la ciudad de México, la noche del 15 de Septiembre, Gaby y yo terminamos en su casa para platicar un rato y conocer a Agustín que, de nueva cuenta, se encontraba indispuesto y tan tán.
¡Que no había manera… Joder!
Por otro lado,
me comentaba Colibrí, mi amada sobrina, que cuando ella lo buscaba en Ruta 61, siempre era justamente el único día del año en que Tino había faltado a sus obligaciones. Extraño, muy extraño.A cada paso confirmábamos la no-existencia del susodicho.
Yo sabía, porque Lalo lo mencionaba aunque no viniera al caso, que Agustín ocupaba en un lugar muy especial en su corazón y a ratos parecía que lo ocupaba completito. Esto último me parecía lo más real, porque yo ya sabía que eran uno solo.
Empecé a tener graves problemas existenciales con la paradoja de los gemelos y los espejismos y llegué a aventurar varias hipótesis:
1. Son dos
2. Es uno con problemas de personalidad.
3. El asunto no es que sean uno solo sino, a saber, cuál es el verdadero.
4. Ninguno existe y alguien nos toma el pelo.
5. Esto es un compló.
De cualquier manera los llegué a querer mucho y a encariñarme tanto con ese juego de los espejos que cuando Axel me avisó de la muerte de Gerardo me solté llorando. Corrimos con Iván a Mexico para acompañar a Maru y a la familia y, para variar, Agustín no estaba en casa.
Allí estuvimos platicando un buen rato con los cuates y, de pronto, que se va apareciendo…
¡Nunca me hagan eso!… Si a éste ya lo lloré.