Un Caso Para La Araña

Gerardo me contó que tenía un hermano gemelo y según esto, era alguien muy importante para él y, en cierto modo, contraparte o complemento de mi amigo. En lo exterior eran casi idénticos, pero lo interior los delataba. Uno era impulsivo y el otro sereno; uno era pareja amorosa y estable y el otro capaz de enredarse con el mismísimo Satanás. El uno alegre y desenfadado y el otro taciturno y tormentoso. Gerardo era directo en el decir y Agustín atrapado de manera hiperbólica en su amor por el lenguaje. Lalo era visceral y Tino muy noble. Pero eso sí, los dos eran mentirosos de tiempo completo.

Al terminar la primera asamblea a la que convocó Andrés Manuel en el Zócalo del D. F. para iniciar la Resistencia contra el fraude electoral y después de unas cervezas en la Buenos Aires, nos invitó Gerardo a su casa para conocer a Agustín, su gemelo precioso. Y allá fuimos Gaby, Colibrí, Ayla (Ay, la Ayla), Iván y yo, todos emocionados. Antes de llegar pasamos a comprar hamburguesas y Lalo puso especial cuidado en escoger la que sería para Tino (siempre hacía lo mismo cuando se trataba del Agus.)

Y que llegamos a la casa y que ponemos la mesa y que repartimos las hamburguesas y que se desaparece Gerardo con una y que regresa para decirnos que Agustín se sentía indispuesto y que se disculpaba por no aparecer ante nosotros ni para saludar y que se iba a comer la hamburguesa en la oscura soledad de sus pensamientos. Y eso fue todo.

Ni modo, pensamos, será para la próxima.

En la efervecencia de esos días, Agustín se aparecía por los blogs para participar en las discusiones, a ratos entusiasmado y a ratos pesimista, y siempre quedaba de encontrarse con nosotros en la próxima manifestación y hasta habló de ser miembro Honoris Causa del plantón porque pasaba por allí todos los días. De cualquier manera, nunca lo vimos en carne y huesos.
Empecé a tener fundadas sospechas de que Tino, el famoso gemelo precioso, era un cuento de mi amigo Gerardo, que para eso de la creatividad se pintaba solo.

Cuando asistimos con Maru y Gerardo al Grito de los Rebeldes en el Zócalo de la ciudad de México, la noche del 15 de Septiembre, Gaby y yo terminamos en su casa para platicar un rato y conocer a Agustín que, de nueva cuenta, se encontraba indispuesto y tan tán.

¡Que no había manera… Joder!

Por otro lado, me comentaba Colibrí, mi amada sobrina, que cuando ella lo buscaba en Ruta 61, siempre era justamente el único día del año en que Tino había faltado a sus obligaciones. Extraño, muy extraño.

A cada paso confirmábamos la no-existencia del susodicho.

Yo sabía, porque Lalo lo mencionaba aunque no viniera al caso, que Agustín ocupaba en un lugar muy especial en su corazón y a ratos parecía que lo ocupaba completito. Esto último me parecía lo más real, porque yo ya sabía que eran uno solo.

Empecé a tener graves problemas existenciales con la paradoja de los gemelos y los espejismos y llegué a aventurar varias hipótesis:

1. Son dos
2. Es uno con problemas de personalidad.
3.
El asunto no es que sean uno solo sino, a saber, cuál es el verdadero.
4.
Ninguno existe y alguien nos toma el pelo.
5. Esto es un compló.

De cualquier manera los llegué a querer mucho y a encariñarme tanto con ese juego de los espejos que cuando Axel me avisó de la muerte de Gerardo me solté llorando. Corrimos con Iván a Mexico para acompañar a Maru y a la familia y, para variar, Agustín no estaba en casa.

Allí estuvimos platicando un buen rato con los cuates y, de pronto, que se va apareciendo…

¡Nunca me hagan eso!… Si a éste ya lo lloré.

Durante la misa-concierto de homenaje en Ruta 61 pude confirmar todas mis sospechas.

Ahora sé que aquí hay gato encerrado.

Pero yo soy muy listo y a mí no me la pegan: Gerardo se comía las hamburguesas de Agustín… ¿O Agustín las de Gerardo?… Yo ya no sé.

luis david

 

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