Yo, don Juan, de mal nombre el Moro, original de Córdoba, cristiano converso y súbdito de su Magestad Don Carlos, testifico ante vosotros, hombres de Dios, reunidos en este santo tribunal lo que me fue contado por los sabios y nigromantes viejos desta Nueva España y juro deçir verdad postrado ante la imagen sagrada de Nuestro Señor Jesucristo, que fue cruçificado por mis pecados y para la salvaçión de mi alma que ofrendo al Altísimo, inclinada la çerviz y humillado ante vosotros.
En los tiempos de su gentilidad, estos indios adoraban a diablos y demonios y torçían la verdad única como está narrada en la Sagrada Escritura y contaban la creaçión del mundo con abominable acumulaçión de mentiras y deçires falsos y execrables. Y ansí me lo contaron Don Juan Teomitzin, natural de la Magdalena Tlaltelulco, pueblo veçino de la naçión Tlascalteca, y Don Melchor Coatepitzin, veçino de Guadalupe Tescalac en las faldas de la montaña Matlalcueyetl, la de la falda verde, hombres viejos y sabios y bien entendidos y caçiques de pueblos de indios destos lugares. Y contaron que en edades antiguas se juntaron los dioses dellos allá en pueblo llamado Teotihuacan y allí en la torre mayor deliberaron para haçer a los hombres y las mugeres que los habrían de adorar por todos los tiempos venideros y eternos. Y crearon generaçiones de gigantes y hombres y vieron que eran alborotadores y malos y los destruyeron con aguas y fuego y vientos espantables, y en el quinto intento escogieron a uno dellos que lo llaman Qetzalcoalt acompañado de su perrillo y gemelo llamado Xólotl, que es una animalillo destos lagos y que se lo comen para curar las dolencias del pecho. Y lo bajaron al Quetzalcóatl y su gemelo al infierno que le llaman Mictlan a rescatar los huesos antiguos. Y toparon Xólotl y su gemelo preçioso con una gran pared de piedra negra y brillante y bien polida que haçía espejo y reflexaba a los hombres y las cosas con gran espanto porque se podía ver la contra de la naturaleça y lo blanco era negro y lo bueno era malo y la luz era oscuridad. Y asustose Quetzalcóatl y enojado arrojó una gran piedra contra el espejo y lo rompió y salieron los demonios atrapados atrás y se distribuyeron en el mundo y crearon enfermedades y guerras y música y canto y muerte y desolación y pintura y todas las artes de la medicina y todas las artes de los envenenamientos. Y así fue que se aposentaron algunos destos diablos en el Cuicacalli, la casa del canto, y se tergiversó el alma de los músicos y començaron a haçer música ruidosa y poemas polutos llenos de lujuria que cantaban en los areitos de las cavernas de la noche y que burlando los sacramentos de Nuestra Santa Madre Iglesia, se robaron las mitras obispales y bendeçían al personal con señas obsçenas y adoptaron nombres estraños y se llamaron a sí mismos con el nombre de Nanantzi que es la voz que usan para referirse a las indias bonitas que menean el huipil ante los indios desta tierra y que es como si los hombres de castilla les dixeran, abriendo apenas la boca y apretando los dientes: Mamaçeeeta. Y se volvieron tlacuilos, pintores prodigiosos y poetas de flor y canto que tocaban la chirimía y el atabal hasta caer desmallados. Y que empeçaron a ocurrir hechos estraños e partir de esta época y la gente se topaba de pronto con su coátl, gemelo, en cualquier lugar y se confundían y se adentraban en sus casas y poseían a sus mugeres y se confundían las familias hasta ya no saber quién era cuál y así ha sido hasta nuestros días sin ventura en que las confusiones han prosperado. Y lo digo como me lo contaron porque desto yo nada sé…
luis david